miércoles 25 de febrero de 2009

Old world - The Modern Lovers

Todo lo que pueda decir sobre ellos o sobre este fantabuloso "Old world" ya está dicho en la entrada correspondiente al buenazo de Jonathan Richman. ¿Quieren chicha? Pues ni más ni menos que aquí tienen otra ración de vitaminoglobulina powerpopera, raíz velvetiana e inocente visión de la vida, pues los Modern Lovers preferían los cereales con leche a la cerveza. "¿Burgués viene de hamburguesa?", se preguntan a veces los americanos. Me da igual. La visión de un vasto continente extraída de miles de recortes de revistas de viajes: de Boston a Los Angeles, de Lisboa a Moscú, de Pekín a Pocón. ¡Gloria al rock and roll verité limado de asperezas (uséase lo tóxico de su inherente "way of life")! ¿Qué hace un chico como tú sentado diez horas seguidas en el porche de tu casa? Respuesta: supongo que tocar la guitarrica mientras espero a que empiece mi serie favorita. ¿Powerpop? No, ¡P-O-W-E-R-P-O-P-P-E-R! Old world - The Modern Lovers (Jonathan Richman; The Modern Lovers, 1976).

Voy a hacerte un gran favor - Tequila

Tequila fueron un grupo de rock como la copa de un pino. “Matrícula de honor” es un disco de rock como la copa de un pino. “Voy a hacerte un gran favor” es un temazo de rock como la copa de un pino. Si sumas todo esto te sale un bosque, un pinar frondoso de “savoir faire” rockerito al más puro estilo urbano, con esa raíz estoniana que tan en la sangre llevan los argentinos aplicado a las calles de ese Madrid tardosetentero que tan bien ilustrado nos ha llegado vía coetáneos suyos como Burning o Moris. En un libro sobre la movida que un servidor leyó recientemente, Alejo Stivel se quejaba amargamente de que los grupúsculos ultras musicales (los talibanes del underground, yo mismo a veces) les despreciaban porque eran “un grupo para adolescentes”. Ahora bien, una vez escuchados Tequila, demostrado que han mamado bien el esquema “pieza de tres minutos sin relleno”, asumes que acudir a un festi y rodearse de jovencitas que pierden el resto por enseñar cacho y apagar su lumbre no es malo: siempre te queda meter mano, ¿no? Voy a hacerte un gran favor – Tequila (Alejo Stivel, Ariel Rot, Julián Infante; Matrícula de honor, 1978).

The bells of Rhymney - The Byrds

“Campanilla del lugar, suena que te suena…”. No, pero casi. Yo, incrédulo, me torno crédulo al comprobar que doce cuerdas bien junticas te dan una riqueza melódica que, bien pulsadas, abre un cromatismo sonoro casi percusivo. Sí, percusivo, porque una canción trenzada de esa guisa funciona a impulsos de alma. Si a esto le añades esa mágica virtud coral que tenían los Byrds, ese renovado espíritu trovador de las épocas contemporáneas, pues ahí es ná. Para mí, que “Turn, turn, turn” (la primera canción que escuché de ellos, merced a un pseudo videoclip promocional que pasaron por La 2 cuando aún no se llamaba así y las privadas daban sus primeros pasitos en base a enseñar tetas) nunca me dijo nada a pesar de resumir los mismos preceptos teóricos enumerados antes, que “Mr. Tambourine man” me entraba sospechosa como todo lo firmado por Dylan (una semiaversión natural, lo siento) y que sus flequillos y zapatos de ante me parecían antinatura, “The bells of Rhymney” suponía una bocanada de aire fresco, de esas que te das ante un Atlántico majestuoso, cuando el borde del acantilado nada más que es el horizonte. The bells of Rhymney – The Byrds (Idris Davies, Pete Seeger; Mr. Tambourine man, 1965).

viernes 20 de febrero de 2009

Know your product - The Streetwalkin' Cheetahs

Batallita en bandolera volumen (a tus cabellos) 2: infiltrados en la piel de The Saints.
Tiene la palabra un canguro: “¡Hola! Pues yo nací en Australia y me fui a Londres y me tuve que pirar de nuevo sin beca y sin el te de las cinco a mi hemisferio de origen, que no es otro que el izquierdo, el emocional. Yo les digo y luego me dejan en paz, que no se porqué me molestan: si la cosa hubiera sido al revés sin duda se podría establecer una comparación justa, pero primero llegaron esos leopardos que saludaban a dentelladas y que se pulían un disco largo en media hora corta y a velocidad de crucero, surcando mares de sudor y tal. Y ‘Know your product’ era un torpedo sobre las olas propulsado por mil y una guitarras, que como ya decía uno ‘hacer mucho ruido es divertido’ y vamos a establecer un punto final de discusión, el saxo y no el sexo”.
Transcripción del okapi: “Esto viene a decir que la salvajada perpetrada por los Streetwalkin’ Cheetahs puso al autor de este blog sobre la pista sin saberlo, pillado por ese saxo semiescondido que le hacía pulsar como un autómata el botón del ‘replay’. Muchas veces se va al origen con la lección sabida, pero les juro que en esta ocasión él no tenía ni puta idea de que los Saints tenían algo que ver en toda esta jugada, fueron exploraciones independientes y, claro, el pobre pensó ‘¡¿de qué carallo me suena esto!?’. La respuesta la sabía hasta Joaquín Luqui: ¡rebusca por ahí y desempolva a los Streetwalkin’ Cheetahs, copón! ¿Más rápido? Tan posible como el caso del palmero de Pata Negra, Veneno y Camarón, que se quedó pillao de tripi dándole al plaka-plaka en la grabación y luego no podía parar”. Know your product – Streetwalkin’ Cheetahs (Ed Kuepper, Chris Bailey; Waiting for the death of my generation, 2001).

Sometimes good guys don't wear white - The Standells

Batallita en bandolera volumen (a tus cabellos) 1: infiltrando a Minor Threat.
Tiene la palabra un hardcorita: “Sí, tenía claro que en mi militancia sólo debía alimentarme de vegetales, no fumar, no beber, practicar el sexo sólo con amor mediante, despreciar la cultura de mis padres y los tuyos… pero, ¿no puedo entonces llevar camisetas blancas?”.
Tiene la palabra un beatnick reconvertido al yuppismo: “En mis tiempos el underground no se pavoneaba ante las puertas y en el interior de los más exclusivos clubs. Ni se nos ocurría mostrar nuestros vinilos a pleno sol, ¡podían hostiarnos!”.
Evaluación: sin duda lo dicho por nuestro segundo interlocutor pone en valor el mensaje rebelde y a la vez digerido vía FM por los teenagers sesenteros.
Los Standells facturan un estándar de garage de afortunado riff y que añade a la simple fórmula rockerita de su tiempo un mensaje que luego miles de bandas americanas copiarían: se puede ser rebelde sin abrazar opuestos políticos. Digamos que a veces necesitas una buena colleja para darte cuenta de que no todo es blanco o negro, sino que existe la paleta de grises. Aunque el comunismo (o el liberalismo) sea tabú, nada te impide denunciar la mayor de las injusticias: que los padres de tu novia te miran mal. Sí señores, los Standells inventaron la pólvora. Sometimes good guys don’t wear white – The Standells (Edward Cobb; Why pick on me?, 1966).

martes 17 de febrero de 2009

Plastic gangsters - 4 Skins

Cuando se habla de los “cuatro pelaos” no hay charla que no termine, empiece o alcance su pausa-café abriendo el debate sobre su filiación política: que si pros, que si antis, que si “el curro pa’ los de raza”, que si “los pakis petan de glutamato el curry”… Pobrecitos los obreros, que siempre les miran el carné. Cuando uno entra en barrena musical de oi! y street punk británico sabe que sus oídos van a recibir un punterazo Martens de tomo y lomo: más alto, más rápido, más fuerte. Si te contentas con eso (que algunos hay con afán completista en este género), “Chaos” o “ACAB” son tus pepinazos del desayuno y la merienda. Pero si verdaderamente tu raíz pelá, si la tienes, es honesta, el guiño al ska setentero que representa “Plastic gangsters” te pone fino y con ganas de bajarle los tirantes a una “skineta” de esas que esconden caricias tras el puño. Orgullo de clase para muchas clases de orgullo. Plastic gangsters – 4 Skins (Gary Hitchcock; Clockwork skinhead, 2000). nota: cito una antología, la mejor manera de aproximarse a esta banda si uno no es muy afín a estas lides de rock de combate, la original abría su debut “The good, the bad and the 4 Skins” de 1982.

Chaqueta metálica - Skacha

Skacha, Skarnio, Skalope, Skandal, Skalerría, Skape, Skakeo… ya me dirán ustedes, pero el juego que a los voceadores cabreadores les ha dado el jamaicano género no tiene parangón. “Ska” para aquí y “ska” para allá. Lo chungo del asunto es que después de 30 años exprimiendo el limón morfológico éste pierde acidez… y además muchos lo del “ska” sólo lo llevan en el nombre. Pero bueno, en el fondo el universo del rock de combate no entiende de florituras sino de militancia, que de eso se trata. Después de este monologuismo sobre absurdos vayamos a lo importante: la paciencia o la importancia de desvelarse en el momento justo. Les explico: cedele pirateado en el reproductor a altas horas nocturnas, el sueño te vence y a la segunda canción te rindes a Morfeo… hasta que un chip en tu cabeza te espabila y te ves asaltado por el puto sargento Hartman poniéndote firme “con la ayuda de Dios y unos pocos marines”… el fraseo del colérico instructor de “La chaqueta metálica” te peta los tímpanos y además musicado, por si fuera poco el empaque sonoro del asunto. Y musicado hábilmente, con un instrumental que juega con los ritmos como si estuviese a las órdenes del sargento. Aquí no son necesarias proclamas ni verbos de denuncia, sino que confluyen el citado rock de combate con el histrionismo de Hartman. Perfecta conjunción, agobiante, a un solo paso de la locura. De diez. Chaqueta metálica – Skacha. nota: desconozco cómo titularon este tema pues era un extra “escondido” al final de uno de sus álbumes, el primero o el segundo, tampoco sabría decirles.

miércoles 11 de febrero de 2009

Garganta profunda - Mac & Rones

Fui conocedor de sus andadas cuando popularizaron “bebe Dyc-cola, no seas maricona”. Los vi telonear a los Barricada con buenas maneras, las suficientes como para captar la atención de El Drogas, al que localicé en un lateral del escenario del Coliseo coruñés moviendo la piernecica (algo es algo, el 99% de los cabezas de cartel ni se preocupan de quién carallo les antecede) al ritmo de la descarga de macarrada rock. Un par de cintas caseras me descubrieron “Garganta profunda”, “Migüelo Changüí” y “Soy el más guay”. Ésta última recargaba de voltios el “Born to be wild” de Steppenwolf y seguía la línea lírica macanrrónica con versos como “maté a mi vieja y a mis siete plases, tengo los cojones como catedrales”. Pero la del Changüí acabó siendo favorita a base de ser coreada en aquellas noches del Tatra: “Oye nena, me molas un mazo. Vente a mi kel que te meto un pollazo. Oye nena, cómo me molas. Ven por aquí a probar mi pirola. El Chaino del Pryca es mi colega, le di por el bul cuando estaba en la trena. Cierra los ojos y cuenta hasta cinco, recógeme el duro que yo te la hinco. Porque yo soy Migüel, Migüelo Changüí, todo mi cacho es para ti. Yo soy Migüelo el follador, el que te llena el culito de amor”. Insuperable. ¿Insuperable? A ver, haciendo balance, no me pregunten porqué, siempre tiro a “Garganta profunda”. No sabría explicarlo, a lo mejor es que la del Migüelo es una de tantas odas a macarras “curuñeses”, gigante, sí, pero una de tantas. Supongo que en el fondo, por muy malotes que seamos, todos deseamos encontrarnos con chicas así: “en la curva de la obra, en la puerta del garaje, ella es una hembra de lo más salvaje”. Garganta profunda – Mac & Rones. nota: lo siento pero ni se los autores ni el título de la maqueta o disco ni el año de edición, a mediados de los 90 seguro, pero no puedo concretar... (añadido con fecha 1 de julio de 2009: Julio Béjar, Ricardo Saavedra, Michel... estos eran tres de los componentes, algo es algo... se también de un ep publicado en 1992 llamado 'Abraza la fe' que no se si se corresponde con la grabación comentada).

lunes 9 de febrero de 2009

1943 - Espasmódicos

El punk hispano fuera de la órbita del Rock Radikal Vasco tiene contados casos de originalidad. Todos, los pocos que son, fueron descubiertos por el firmante tardíamente, lo cual supongo que siempre es más grato que frustrase hurgando tras un primer alumbramiento. El revival del imperdible de mediados de los 90 trajo la reedición de toda la mugre y la furia del 77 en todo el mundo y aquí no iban a ser menos. Así, el histórico “Punk? Qué punk?” fue convenientemente digitalizado y puesto en tiendas para que los chinorris rebeldes (mi caso) viesen de qué iba eso de aberrar con gusto en la península allá por 1983, año de la edición original vía DRO. Este no fue mi primer acercamiento a Espasmódicos, aunque sí en lo musical al menos no en lo visual. Por ellos siento una atracción basada en lo artístico: la crítica que de ellos se hacía en un jugoso dossier sobre el imperdible ibérico en el Ruta, títulos de canciones realmente originales como “Enciendes tu motor” o “El día que me falló Superman”… Pero luego el sonido era tan escacharrante y revolucionado que quedaba en bluff. La brutalidad de Exploited o Anti Nowhere League o de la posterior ola hardcorita nunca ha sido plato de mojar pan, salvo temas sueltos o puntales como Dead Kennedys. Sin embargo, Espasmódicos lo lograron por otra vía, la de la reversión del clásico. Sí, porque cuando escuchas “1943”, dejando de lado una letra pasto de intensos debates del tipo “nazipunkismo sí, nazipunkismo no, costras al poder pero en papeleta salivada”, reconoces una descarga de potencia innata y militante… claro que fusilando el “Belsen was a gas” de Sex Pistols todo resulta más fácil. 1943 – Espasmódicos (John Lydon, Steve Jones, Paul Cook, John Simon Ritchie; Punk? Qué punk?, 1983). nota: a modo de curiosidad, la original es la última canción compuesta por los Sex Pistols antes de la marcha de Johnny Rotten y la tercera en la que “participa” (pues no tenía ni puta idea de música) Sid Vicious, la estrenaron en la gira americana de 1978 y una toma en directo fue incluida en el timo-álbum “The great rock and roll swindle”.

jueves 5 de febrero de 2009

21st century digital boy - Bad Religion

En su día, al hablar de Senzabenza les conté esta anécdota: "(...) Recuerdo cuando un buen amigo de tiempos universitarios se extrañó de que no me gustasen Bad Religion. '¿Cómo es posible?', me preguntaba. Yo muy ufano, chulería innata de un joven, respondía: 'Si ya tengo 25 discos de los Ramones, ¿para qué quiero más ?' (...)". Y sigo en mis trece. "American Jesus" y nuestra protagonista son las únicas que han aguantado más de una escucha. Más escandaloso, casi digno de lapidación: "Punk rock song" ha entrado más veces en mis oídos que los dos discos del combo californiano ("¡Estás gordo, cabrón, estás gordo!", le espetó al cantante un rudo astur... ¿o era un mozo pirenáico? Da igual) que ocupaban espacio en mi estantería... ¡y eso que sólo he visto el videoclip!. Pero algo tiene "21st century digital boy" que le tengo un especial cariño. Quizás sea que el pie se relaja y suelta el acelerador un poquito, todavía sobrado de potencia, para fluir como un contundente medio tiempo de decente rock and roll. Quizás sea que las referencias a lo "secular" o lo "numérico" me atraen sin poder explicar porqué ("20th century boy" o "20th century schizoid man", ésta última intragable sopapo progresivo de King Crimson... o esa sensación me dejó con 17 años recién cumplidos). Quizás sea que de vez en cuando copiar a los Ramones se merece una palmadita en la espalda... ¿acaso no hay falsificadores reputados y aclamados en el mundo del arte? Pues eso. 21st century digital boy - Bad Religion (Brett Gurewitz; Stranger than fiction, 1994).

Sunflowers - Sunflowers

Y el implacable bolígrafo, sostenido por firme mano unida con brazo a cuerpo guiado a su vez por el cerebro situado en su cefálico contenedor, tachó de la lista de suplicantes restos de catálogo el nombre de aquel grupo. Una putada. Habían pasado mil cribas (¡“Me cago en Cribas”!) y, en el último suspiro, casi a traición, amparado en una postrera falta de aliento, el muy cabrón los eliminó. Lo peor de todo es que además no mostraba síntoma de arrepentimiento ninguno: “Habeis sido buenos, ‘Sunflowers’ demostraba la calidez que alcanza el medio tiempo de pop-rock con un buen manto bordado mano a mano por grupo y productor”. ¿Y ya está? "Sí, lo siento, pregúntale al “Creep” de Radiohead (similar en intensidad, así de primeras se me ocurre decir) cómo le va". Sunflowers – Sunflowers (Adela Peraíta, Ángelo Borrás, Chicho Andreu, Mané Capilla, Rafael Rigo; Inside out, 1999). nota: no puedo asegurar que esta sea la canción porque soy tan lerdo que no apunté los títulos en la cassette ni ahora coinciden... el estribillo decía "sunflowers grow high" así que supongo que es esa... y si no, "me lo demandas".

No dancing - Elvis Costello

“Uan”: ¡Hasta los cojones de las reediciones con el triple de bonustracks! Así se lo digo. Son incompatibles con el actual ritmo de vida humano. Al igual que acumular cinco millones de descargas en el disco duro excede todo atisbo de raciocinio, gastar cuartos en un doble cedele repleto de maquetillas, repetitivas sobras de estudio e infumables tomas en directo acaba con mi paciencia. No llego. Desde aquí propongo el retorno al disco redondo: ocho canciones para oldies, 12 para el pop y 14 para combos acelerados.
“Tu”: Lo anterior viene a cuento de las generosas raciones con que Elvis Costello revisitó sus inicios y a las que me aproximé dispuesto a zamparlo y casi me atraganta. ¡Coño, de todos es sabido lo peligroso que es creerse a pies juntillas todo lo bueno que dicen de lo nuevaolero/niugüevero/powerpopero! ¡Recoño, este género esconde a veces más bluffs que el catálogo de “imprescindibles” del Discoplay! ¡Recontracoño, cuántas decepciones me he llevado por mi empeño en fiarme del “¡Tío, tío, este disco es mitiquísimo!”.
“Zri”: Costello catado y no zampado entra bien, “No dancing” es una de esas pildorillas definidoras de un estilo, melodía a la guitarra y vibrantes arreglos de teclado y dinámica base rítmica. De esas que te hacen cambiar el chip e intentarlo de nuevo con el gafotas protagonista o, por añadido, con Joe Jackson o, más añadido, explorar a la búsqueda de Graham Parker.
“For”: El “Get happy!” pergeñado con los Attractions es el último objeto protagonista de una de mis prácticas más ruines. ¿Quién puede ser tan vil como para, con la disculpa de hacer un regalo, comprar un libro con el único objetivo de leerlo antes de envolverlo y entregarlo a su destinatario? Yo. ¿Quién puede ser tan vil como para, con la disculpa de hacer un regalo, comprar un disco con el único objetivo de escucharlo y grabarlo antes de envolverlo y entregarlo a su destinatario? Yo.
“And Faif”: No dancing – Elvis Costello (Elvis Costello; My aim is true, 1977).

lunes 2 de febrero de 2009

Amor y entrega - Los Insoportables

Sí, lo crean o no lo crean, estamos ante la demostración de que en el combativo norte también hay cabida para el humor de café-bar. La pandilla verbenera de Tijuana in Blue, hábiles en la sustitución del petardo de duro por el cóctel Molotov, se junta a Los Insoportables para conformar un plástico que trasluzca lo bien que destilan ambas bandas las fiestas de alta graduación. A golpe de partitura ajena, Los Insoportables dan el golpe de efecto apropiándose de “El tiburón” original de El Reverendo y el Gran Wyoming. Tal que así(n), “Amor y entrega” se presenta aquí menos vodevil y más propina de bis de frontón, algarabía de “Martxa eta borroka” que no desluce la carcajada ante lo hilarante de esta historia de pasión… algo así como “muérete tú que la vida ya la sufro yo” o, directamente, “¡jódete, jódete!”. Amor y entrega – Los Insoportables (José Miguel Alonso, Ángel Muñoz; Verssioneando, 1989).

Parties in the USA - Jonathan Richman

Estaba asqueado de “Roadrunner”. Todo el mundo haciéndose pajas con el temita de marras y yo flácido. Como si de una peli porno de los 70 se tratase: “no tits, no glory”, opino. Lo mejor en estos casos es la terapia de choque. En mi caso fue hace un añito o así, me metí de golpe el largo de los “Modern Lovers” (del que hablaremos más adelante) y dos aventuras de nuestro protagonista. A veces te das de bruces contra los dictados de tu cabeza (caso Talking Heads: el corazoncito dice “adelante” y el tarro reza “¡basta ya, joder, qué mierda!”) y otras quedas alborozado. Jonathan Richman está en este último archivador. Más puntos a su favor si a sus prodigios musicados les añades que posee un rico anecdotario tan divertido como el encuentro entre Devo e Iggy Pop (de lectura obligatoria para amantes de la chanza rockanrolera), uséase un cóctel en el que no faltan atrevimientos propios de la juventud, puesta en evidencia de lo carcas que son algunos disqueros mayores, grouppies entregadas y estranguladas por el abrazo de Morphia para espanto de un combo inocente en extremo… Grandiosa historia y grandioso el legado, “Roadrunner” aparte. Centrándonos en Richman, como autor y trobador a catar uno se queda con la imagen de “El hombre que pudo reinar” y no quiso, un Peter Pan con guitarrica que te regala viñetas como “Parties in the USA”, antikaraókico canto de estructura minimalista, que previo fusilamiento tributo a “Louie Louie” y “Hang on sloopy” recorre a la manera de “American pie” sincero y simpático un tiempo pasado que para muchos fue el mejor: ¿quién no ha querido ser el John Belushi de “Desmadre a la americana”? Parties in the USA – Jonathan Richman (Jonathan Richman; I Jonathan, 1992).

Penetración XIII

Imagínese una turba de chavalines émulos de Mad Max en sus bicis BH o Torrot, histéricos al grito de: “¡Cassette ha muerto! ¡Cassette ha muerto! ¡Cassette ha muerto!”. Pues eso. Enero marchita raíces (de las hojas ya se encargan octubre y noviembre) y a mí me ha dado un arrebato “blitzkrieg” y he acometido una labor higiénica: limpieza de discos. No, no me refiero a pasarles un trapo, sino a exudar lo que de Diógenes había en mí y eliminar bazofia de mis estanterías. Un centenar de cedeles al limbo tras sopesar la respuesta a una fundamental cuestión: ¿acumular o albergar lo asimilable? Opté por el medio camino, por el de (a partir de ahora) oxigenar de cuando en cuando, soltar lastre, aligerar las baldas. Pongámonos serios, ¿de verdad me interesa volver a escuchar un pedo de Johnny Rotten soltado en medio de un infumable bolo en la taberna de un poblacho británico allá por 1976? ¿Merece la pena atisbar algo coherente en la maraña sonora recogida en un bootleg que atestigua el primer “chou” europeo de los MC5? Así, todo lo que olía a escandaloso lowfi y timo-por-la-cara ha acabado en la basura. De los condenados, dos han acabado en galeras en vez de guillotinados. Sí, el truñísimo “Live at the BBC” de los Beatles y el magnífico “Loaded” de la Velvet (la caja “Peel slowly and see” hace inútil su presencia) fueron elegidos para un curioso experimento: el “discocrossing”. ¿“Discocrossing”? Dícese de dejar un disco en cualquier lugar de la vía pública y que la avaricia y la inercia hagan el resto. Así fue, convenientemente depositados ante una facultad y en un andén del metro, horas después habían desaparecido… ¡disfrútenlos anónimos viandantes beneficiarios! Pero además de la razzia digital, también tomé la muy difícil decisión de despedir a mi colección de cassettes. Sí, lo hice. ¿Qué sentido tenía acariciar sus plásticos lomos cuando las pletinas apenas arrancaban de ellos un par de gruñidos imantados? ¿Por qué verlos agonizar, desgastadas ya sus bobinas? Doscientos títulos a la hoguera, así, “Te vas, me dejas” que decían Los Chichos o Los Chunguitos, no recuerdo. No lloro, pues era necesario y quedan aún a mi vera dos docenas de cinticas guapas con “imborrables-por-la-gloria-de-tu-madre”, amén de una retahíla de mezcladillos. Porque, ¿quién puede matar a un mezcladillo? Señora: el que no tenga cariño a sus maxmix no tuvo infancia.