martes 15 de septiembre de 2009

Born to be wild - Steppenwolf

Sí, la de “Easy rider”. Una película a la que siempre guardaré un cariño especial porque supuso un visionado iniciático, no hacia el submundo de literaturas y contraculturas (no necesito una película a modo de revelación, es mejor leer) contempo(p)ráneas sino a soñar con viajes transfronterizos. En edades tempranas es habitual desear dejarlo todo a un lado y ser libre sin darnos cuenta de lo libres que somos. A fin de cuentas, mola mucho beber y follar internacionalmente, pero soportar el asedio de cucarachas (en el afortunado caso de dormir bajo techo) o reptar al punto de congelación por cunetas pues qué quieren que les diga. A los Steppenwolf luego los videé en un directo en un festi de época, con sus melenitas y sus acordes de acero hippy. Por mí como si se iban a tocar a Astracán, ni fu ni fa. Pero enmarañado entre escalas de rock ácido (para mercadeo, ojito) guardaban ese manual de pequeños sueños, de México, de maletín cargado de pasta, de la dulce Rosita de turbulentos pechos y turgente vida (sí, con el orden de factores alterado, otro día les explicaré cómo es una vida turgente pero no turbulenta), de locuras y risas y evasiones… No hizo falta que pasaran los años, bastaba con despertar al día siguiente y darse cuenta de que si uno disfruta planificando, improvisar le va a quemar el turbo. Pero siempre estará ahí “Easy rider”, con el Mardi Gras de Nueva Orleáns y Toni Basil bailando ebria entre tumbas. Born to be wild – Steppenwolf (Mars Bonfire; Steppenwolf, 1968).