De viaje instrumental al gusto de psicodelia flotante de reminiscencia hindú, bien casada con la inadaptación urbana o con el postureo entre cactus de desierto yanki. En mi caso, lo más próximo a lo psicodélico, aparte de un par de experiencias con ajos y setas, eran las tardes primaverales del compostelano parque de Bonaval. Tirarse en el césped en compañía femenina o, en su defecto, de un libro o, más defectuoso aún, de apuntes con el sol poniéndose, colándose sus últimos rayos por los recovecos de mil milenarias piedras, calles y torres, es un espectáculo visual magnético. Tal juego de luces y sombras y de calidez y brisas fácilmente te cautiva y te hace olvidarte de la chica, para mal, del libro, para peor, o de los apuntes, sin comentarios respecto a las consecuentes citas con la convocatoria universitaria de septiembre. Las inquietudes por salir del ruido se vieron facilitadas por algunas amistades generosas y versadas en los sesenta. Así entré en Small Faces, Byrds, Standells, Electric Banana, Les Fleur de Lys y una docena de ondas como la protagonista (esta era tuya N.) que derivaban del garage al folk rock pasando por todas las mutaciones posibles de psicodelia. Bonaval, el parque, verde galaico sobre un antiguo cementerio del que años después de lo relatado un conocido creyó ver salir de sus tumbas a los muertos… un mal viaje, no como el mío. Voyage of the Trieste – Chocolate Watch Band (Ed Cobb; The inner mystique, 1968).
jueves 2 de julio de 2009
Voyage of the Trieste - Chocolate Watch Band
De viaje instrumental al gusto de psicodelia flotante de reminiscencia hindú, bien casada con la inadaptación urbana o con el postureo entre cactus de desierto yanki. En mi caso, lo más próximo a lo psicodélico, aparte de un par de experiencias con ajos y setas, eran las tardes primaverales del compostelano parque de Bonaval. Tirarse en el césped en compañía femenina o, en su defecto, de un libro o, más defectuoso aún, de apuntes con el sol poniéndose, colándose sus últimos rayos por los recovecos de mil milenarias piedras, calles y torres, es un espectáculo visual magnético. Tal juego de luces y sombras y de calidez y brisas fácilmente te cautiva y te hace olvidarte de la chica, para mal, del libro, para peor, o de los apuntes, sin comentarios respecto a las consecuentes citas con la convocatoria universitaria de septiembre. Las inquietudes por salir del ruido se vieron facilitadas por algunas amistades generosas y versadas en los sesenta. Así entré en Small Faces, Byrds, Standells, Electric Banana, Les Fleur de Lys y una docena de ondas como la protagonista (esta era tuya N.) que derivaban del garage al folk rock pasando por todas las mutaciones posibles de psicodelia. Bonaval, el parque, verde galaico sobre un antiguo cementerio del que años después de lo relatado un conocido creyó ver salir de sus tumbas a los muertos… un mal viaje, no como el mío. Voyage of the Trieste – Chocolate Watch Band (Ed Cobb; The inner mystique, 1968).
