
La tienda de la que les voy a hablar ya no existe. La academia de francés sí. ¿Y qué tienen que ver una cosa con la otra? Pues que uno de los cuatro años que estuve dándole al “je suis le motherfucker” lo pasé casi en blanco, ajustando las horas de asistencia para darme garbeos desganados por el centro coruñés. Cuando no había mucho dinero me gastaba unos pocos duros en gusanitos y demás bazofia para matar la hora mirando al mar en el paseo marítimo, en la fachada portuaria. Cuando sí había taleguillos me lo gastaba en música, el mejor de los remedios, en las diferentes tiendas herculinas: en Portobello completé mi colección de vinilo Ramones, en otra de cuyo nombre no quiero acordarme el vendedor me tangó de mil y una maneras, en la extinta Bambuco cayó algún cedele que no recuerdo, en la plaza de
La Base regateé por unas cintas con un abuelete tan majo que de 2.000 me rebajó a 1.500 y me quedé con las ganas (con mil pelas no ibas a ningún lado) y en el piso de arriba del antiguo cine que había en El Obelisco (¿Avenida?, no me acuerdo), donde ahora creo que se compra y se vende oro, plata y gatas en celo, había una tienducha llamada Radio City, no se lo pierdan. La regentaban dos abueletes y allí había todo un muestrario de artefactos de los tiempos en que la tecnología eran tornillos y transistores… y un par de cajas con un centenar de singles que sabe Dios cómo carallo acabaron allí. De 150 pesetas para abajo uno podía adquirir el “Cuando pierdo el equilibrio” de 091 producido por Joe Strummer o nuestra protagonista, “La ciudad está enferma” de los vigueses Bar. Lo curioso es que no había una o dos copias de cada single, sino que eran tiradas de 20 o 30 repetidos, pero recuerden que les estoy hablando de un bazar y seguro que el abastecimiento del género tenía el mismo origen que esos yonkis que más de una vez se vieron por la zona de San Agustín y San Andrés a la carrera intentando vender percebe furtivo a quien se los cruzase. “La ciudad está enferma” es rock, así, sin más, un buen tema de buen ritmo aunque con un leve deje ochentero, protagonizado por voz femenina, estándar de radio sin suerte producto de triunfo en concurso juvenil de nuevos talentos. De esto había, pues con ellos templaba cuerdas uno de los creadores de Aerolíneas Federales, y se notaba en el delgado surco. Quizás no merezca más de tres o cuatro pinchadas, hasta que la curiosidad pasa, pero los recuerdos por lo andado son muchos.
La ciudad está enferma – Bar (Silvino Díaz, Javier Mera; La ciudad está enferma, 1982).