martes 25 de noviembre de 2008

Victoria - The Fall

Si una locomotora diseñada en los talleres The Wire sale de A y, a su vez, una locomotora modelo Sonic Youth sale de B, ambas a velocidad variable e intermitencias cambiantes, inevitablemente el punto en el que se encuentran es el apeadero The Fall. Ahí la sensata “Victoria” tiene su razón de ser, lo entendamos o no, como la máxima concesión que Mark Smith y los suyos harán al oído medio. Victoria – The Fall (Ray Davies; The frenz experiment, 1988).

lunes 24 de noviembre de 2008

Enamorado de la moda juvenil - Radio Futura

Nacieron como un grupo probeta, como una guerrilla de art-provocateurs. Poco después, tras una instructiva charla en el despacho de un A&R echaron al “provocateur”, fregaron el “art”, se armaron de latinismo rock y se ganaron las lentejas como dignos artistas “mainstream”. Y esto no les quita ni un ápice de autenticidad, cada uno se busca la vida como puede. Pero en esos primerísimos 80 el formato pop era rebelde y este “Enamorado de la moda juvenil” era más provocación que declaración. Quizás por eso cuando en los tardonoventas un compañero de colegio mayor me pasó en cassette este “Música moderna”, yo me quedé con la copla y él, abogado en ciernes, apostaba por “Ivonne”, quizás porque sabía leer entre líneas, como buen jurista, y sabía que el mensaje de “Enamorado de la moda juvenil” no era para él. Para mí sí era, por su sonido gomoso impulsado por una rotunda batería electrónica, por ese deje de plástico fantástico, de fibra de vidrio, de brochazo de Wesselman. Los tiempos estaban cambiando. Enamorado de la moda juvenil – Radio Futura (Herminio Molero; Música moderna, 1980).

viernes 21 de noviembre de 2008

Niños de papá - Tonino Carotone

Carotone, Carosone, casiotone, Celentano. Nunca busqué revelaciones con rancheras o napalm-mex, igual que esa fina linea cuyo trazo se inicia en el descaro fogoso de Tijuana in Blue nunca fue más allá de risas con “Verssioneando”. Sin embargo no es este el punto de partida, sino el corridismo azteca citado al principio. De ahí, con la edad y madurez uno de su interior saca alma para distancias más cortas. Los más suelen saltar a la canción francesa o a émulos de Johnny Halliday, los menos (sobre todo los mediterráneos) optan por Italia… pero al parecer esta caravana transalpina también se ajusta al gusto desde “navarrería”. Querencias exóticas aparte, tonada de mofa infantil más que simpática. A divertirse, que no es poco. Niños de papá – Tonino Carotone (Antonio de la Cuesta; Senza ritorno, 2003).

jueves 20 de noviembre de 2008

Roxy girls - Radiators

Uno de esos volúmenes biográficos de la editorial La Máscara me trajo a este combo irlandés de rebote. Al parecer, el escritor de turno no pudo rellenar con suficientes datos un texto sobre los Sex Pistols e introdujo malamente un ficcionado encuentro intergeneracional para explicar de qué iba eso del punk. El objetivo era vender bien, pues la publicación salió en pleno revanchismo cresta, con Green Day y Offspring lamiendo canicas a mediados de los 90. Este anexo bastante fulero en el que se recorrían forzadamente correrías tanto de New York Dolls como de Rancid iba ilustrado con una copiosa colección de portadas originales, entre las que estaba el “TV tube heart” de los Radiators (en aquellos tiempos apellidados From Space). Poco tiempo después, en un catálogo de Ace Records que no se cómo hice para que llegase puntualmente cada semestre a mi casa (acostumbrado como estaba al Discoplay, a mí eso me parecía estar recibiendo tapa dura en papel de arroz, ¡vaya lujo y clase tienen en Inglaterra!) descubrí una antología de ellos. Llegado a casa, el recopilatorio en cuestión presentaba dos partes muy diferenciadas entre sí: la aceleración revolucionada y lowfi de su debut, posando con esos brazaletes tomados de la imaginería nazi con una corchea sustituyendo a la esvástica, y un segundo paso luminoso, arreglado en extremo y abierto a todo lo que de pop elegante puede dar un juvenil cuarteto reconvertido a la causa del “vamos a sacar todo el prodigio musical que llevamos dentro”. Ahí radicaba el problema, de tan luminoso, ese “Ghost Town” provocaba el bostezo de lo inocuo, carente de peligro, pacífico. Insoportable de tan “pro”… casi como una nana compuesta por Paul McCartney. Pero ese factor tampoco suponía considerar la tanda punk como una entidad a destacar de la marabunta de la época, quizás “Roxy girls” siga aún mereciendo alguna escucha que otra. Roxy girls – Radiators (Peter Holidai; TV tube heart, 1977). nota: la antología citada es “Cockles and mussels”, de 1995.

Please, please - Epoxies

Entrados en materia con Devo, asumido que los sintes también son rock si no hay abuso, nos faltaba algo que fabulase nuestra riñonada. ¿Algo? Muchas cosas: una nueva prensa musical, un nuevo rock and roll, un homicidio moderno. Y Epoxies se convirtieron en favoritos del 2006… y de ayer a hoy. “Please, please”, encuentros con extraterrestres, rayos láser, piñón fijo de motosierra: gloriosa entrada en el siglo XXI, pero qué pena que esto tampoco le valga a nadie como “vanguardia esperanzadora de la música contemporánea”. Este ya finiquitado loco producto de la costa oeste USA (léase herencia hardcorita e imaginería futurista ochentera) nos iluminó además gratamente un sudoroso fin de año de rock and roll, alcohol, drogas y baile desaforado. Increíbles, irrepetibles (o casi). Please, please – Epoxies (Roxy Epoxy, Fritz M. Static, Viz Spectrum ; Epoxies, 2002). nota: habrán advertido que los autores firman con seudónimo... yo a mi hijo lo llamaría Commodore, no Spectrum.

Blank generation - Richard Hell & the Voidoids

Mi primer asalto serio al punk neoyorquino vino de la mano de un precioso vinilo rojo que recogía una selección de descargas en vivo de los primeros Heartbreakers, registradas en un par de bolos en 1975. Alineación de lujo: las desahuciadas “muñecas” Johnny Thunders y Jerry Nolan, el genial actor secundario Walter Lure y Richard Hell. La ruta que marcaban esos surcos era un ejemplar de muestra de los que con el tiempo se convertirían en dos de los combos más atractivos de la escena del NY-1977. Aquí ya se habló del poderoso rock and roll que exudaban los Heartbreakers en su segunda reencarnación, con Billy Rath sustituyendo a Hell. Ahora toca hablar de éste último, al que podríamos denominar “himnovador”: autor de “Blank generation” como himno de esa escena concreta, coautor junto a Dee Dee Ramone de “Chinese rock” como himno del punk yonki insuflado por los propios Heartbreakers y luego los Ramones, autor del lema “Por favor, mátame” como himno-imagen (la suya, por cierto, inspiradora del contubernio sexpistoliano ideado por Malcolm MacLaren). Richard Hell era demasiado punk para los artys, por eso lo echaron de Television, y demasiado arty para los punks… por lo que cuesta encajar la lectura de primeras de “Blank generation” canción/álbum (el cual me agencié a pares con una antología de órdago de los Undertones). Como todo en la escena NY, la música no era una excusa para soltar proclamas, sino que la proclama (aunque fuese pretenciosa o una simple llamada al hedonismo) estaba al servicio de una música. Los Voidoids: Robert Quine o el guitarrista calvo y amante de las chaquetas americanas (sobre su arte baste hablar que acabó como colaborador de Lou Reed), Ivan Julian o el negro generador de ruido blanco y Marc Bell (posteriormente Marky Ramone) o el ritmo metrónomo regado con vodka. Richard Hell era el bajista/vocalista que no sabía tocar el bajo y vocalizaba histriónico pero sabía como nadie cómo afrontar los flashes de las cámaras y escupir a mil por hora el chicle para asemejarse a la muestra de respeto mayúscula entre el punkinismo británico: el “pollo blando”. Quizás eso le hiciese creíble a ambos lados del Atlántico. En una orilla: brillante currículum, repertorios bien armados, imagen. En la otra: un mínimo de actitud e imagen. ¡Oh, ración doble de imagen! Claro, hablamos de punk. Y de lecturas performance, del silencio que es más puya que la letra. Y una vez lo entiendes comprendes lo grande de “Blank generation”, con su ritmo y arquitectura de juego desacompasado, de rock con aliento en la nuca jazzy, con su “I belong to the blank generation and I can take it or leave it each time, I belong to the ----- generation…”. Sí, el detalle, la pausa al segundo verso, la “generación vacía”, explícito: ¿qué hay más vacío que el verso mudo? Normal que luego le cojas el gusto y te dediques al spoken-word, persiguiendo quizás ese inigualable instante de lucidez en el que callando diste una lección de poesía callejera. Blank generation – Richard Hell & the Voidoids (Richard Meyers; Blank generation, 1977).

miércoles 19 de noviembre de 2008

Aloha Steve and Danno - Radio Birdman

El mono, peludo, chillón de canal único, impidió a gentes de tablas tomar captar en audio el romper de las olas, el vibrar del rock inyectado de parafina. Hubo que cambiar la fina y blanca arena californiana por el espumear de una orilla roja australiana. Y al retirarse las aguas un carguero de esos que alivian a medianoche se va a pique, con toda su tripulación encerrada en la bodega. Menos uno, grumetillo que ya cadáver llega a la playa, aferrado a sus más preciados tesoros: dos arrugadas carpetas de sendos discos de Blue Oyster Cult y The Stooges y un manual de conversión de mono a estéreo. Y aquí ya no rompe ola, sino tsunami: atropellado ritmo, guitarras entrando al trapo, guiño tributo al rock and roll surfero desde la peculiar óptica de las antípodas. Boca abajo la sangre te peta la cabeza y antes del colapso deliras en un mareo de puritita high energy. Hawaii 5 – California 0, con permiso de Ventures y MC5. Aloha Steve and Danno – Radio Birdman (Deniz Tek, Rob Younger, Mort Stevens; The essential Radio Birdman 1974-1978, 2001). nota: cito la antología de rigor, la canción se editó originalmente como single en 1978 y no salió en formato largo hasta la reedición de “Radio’s appear” de 1995.

martes 18 de noviembre de 2008

Somebody to love - Jefferson Airplane

Me encanta el porno. Soy un amante del género. Sobre todo del producido en los años 90, que considero la década maravillosa del fornicio filmado. En esa época se produce la lenta transición entre lo considerado cinematográfico, con guiones y pseudo profesionalidad, y el preparado a base de chicha para consumo rápido, con carnaza fresca abundante. Dicha transición se produjo, como es natural, no como un choque de mentalidades, sino como resultado de una amalgama de intenciones. Por ello, los neófitos pudimos congratularnos por ver desfilar ante nuestras narices a estrellas como Ashlyn Gere o Nina Hartley bombeando con deshollinadores como Peter North, además de poder entretenernos con auténticas tramas, patéticas en la mayoría de los casos, pero trama al fin y al cabo… no por ello dejamos de ver películas de Pajares y Esteso, ¿no? En fin, aquella década queda muy lejos de la realidad del negocio actual: la facturación a mil por hora pues lo lucrativo está en la venta de escenas vía web. Total, si yo ahora les digo que la primera vez que escuché el “Somebody to love” fue torpedeado por los Ramones del “Acid eaters” ayudados en los coros por la mismísima Tracy Lords, el morbo está servido, ¿a qué sí, picarones? Casi nada, sublime y a mil por hora, como el porno, que no se diferencia mucho de la esencia ramoniana: siempre es más de lo mismo, a toda velocidad y delicioso. Sí, luego nos llegó la original, años después, con su aire fusión entre folk y psicodelia, con el punto justo para triunfar en el momento exacto… o cuando sea: una canción imperecedera, un estribillo cuya particular dicción femenina (arrastrando vocal, consonante o lo que sea) lo hace voltaico, inspirador de emancipaciones y aventuras en un Frisco que por entonces brillaba como una Meca lisérgica. Somebody to love – Jefferson Airplane (Darby Slick; Surrealistic pillow, 1967).

lunes 17 de noviembre de 2008

Got the time - Joe Jackson

Una “uñita” de polvo de anfetamina con alma pop o cómo debería sudarlo Elvis Costello para petarte de gusto plenamente. Darle cancha es justicia. Got the time – Joe Jackson (Joe Jackson; Look sharp, 1979).

viernes 14 de noviembre de 2008

He's a rebel - The Zippers

Sobre enciclopedias 1: Power pop significa jugárselo todo al estribillo. Si sale redondo, la canción queda archivada en su correspondiente casillero del corazoncito. Si resulta fallido, es carne de “fast forward”. El vértigo del siglo XXI apenas deja tiempo para asimilar, hay que atinar, enganchar a la primera, porque es dudoso que haya una segunda o (siendo generosos) tercera escuchas. Yo al power pop siempre lo miro de refilón, sospechando, debido a varias escuchas a las que me sometieron amigos (en modo: “¡escucha esto tío que es la rehostia y es imposible que no te guste y espero que no te atrevas a decirme que no te gusta”) de Pyramidiacs o Redd Kross, aunque estos últimos no sean estrictamente powerpoperos. Luego uno va seleccionando con tiento y sonríe incluso, como en el caso de The Beat o The Knack.
Sobre enciclopedias 2: Ahora resulta que el término “new wave” se lo inventó el capitoste (o picatoste, según la sopa) de la disquera Sire para convertir a los Cars en “mainstream” y de paso domar su catálogo punk instando a Voidoids y Dead Boys a dulcificar sus maneras.
Sobre enciclopedias 3: Y esta historia va sobre lectores de manual y la mala suerte de llamar a tu grupo con un nombre “guaaaaay” y que te jodan y rejodan porque al empezar por la “z” siempre apareces al final en las enciclopedias. Peor lo tienes cuando tu producción discográfica se limita a formatos pequeños y quedas olvidado tan pronto das carpetazo a una carrera sin álbum que defender. Al menos procura que en alguna de tus portadas se te vea bien el jeto y que tus pintas hablen por ti. Sí, yo a veces también me guío por eso. ¿Me hubiese comprado algo de los 999 si apareciesen con chupa de cuero y cresta en portada? No, pensaría que son más de lo mismo. Sin embargo camisas tan coloridas y peinados de buenos chicos te venden otra cosa. Total, que chunga se pone la cosa cuando apuntas en la libretita: “The Zippers - buscar”. Este combo californiano unisex eran la última entrada de un manual de referencia sobre punkismo y niugüeverismo que guardo como oro en paño desde finales del siglo pasado. Un parrafito y una requetefoto que capturaba su segundo artefacto, un miniLp. Nada más. Pero esa imagen, con el grupo desprendiendo juvenil apostura, me quedó y me instó a seguir la ruta… hasta que algún generoso ripeador de vinilos se decidió por aportar su granito de caridad a los interesados en hurgar viejos géneros antes que rendirnos al vacío del panorama “cut and paste” actual.
Sobre ciclópeas: “He’s a rebel” es tiro fijo, apuesta sobre seguro. Cuando un tema es un hit de origen en la mejor tradición de grupos vocales sixties (en este caso las Crystals vía Phil Spector), dorarlo en el grill no puede reducir el impulso saltarín del mismo, sino dotarlo de una energía amplificada. The Zippers bordan este pildorazo con efectividad pop y contundencia, dando a las guitarras el protagonismo que toda emisión juvenil ha de tener. Son cosas de la edad. He’s a rebel – The Zippers (Gene Pitney; He’s a rebel, 1980). nota: el tema abría el single de debut del grupo, que un año después editó un miniLp y se separó sin publicar nada en formato grande… Internet a veces te regala tesorillos.

jueves 13 de noviembre de 2008

Get it on - T Rex

En aquellos tiempos el rock and roll no estaba de moda. Había que enterrar la década anterior como fuese, había empezado con buenas maneras pero en tan sólo diez años aquello era cuchufleta pura y dura. Las gentes se obligaron a ser modernos enterrando el pasado, todos a una empujando p‘alante y ¡ay! del que se despistase o se le ocurriese girar la cabeza. Los platos rotos, el olvido más absurdo, lo pagó no la “maldita” década precedente, sino la anterior: “prehistoria”, decían, “ahora estamos inventando algo nuevo, algo que te hará subir”. Y no, no flipé tanto como prometían los gurús. En ese bar de una pequeña capital de provincias, más pequeña y provinciana que aquella en la que tenía mi domicilio particular o el poblachón en el que me labraba un futuro estudiando, también se estilaba la modernez o en su defecto el “buen rollo alternativo, tío”. Pero a los platos había un buen amigo, que de vez en cuando se olvidaba de todo aquello que le deslumbraba y que como había nacido ayer (lo que le deslumbraba, no mi amigo) apenas balbuceaba por los bafles. Gran persona, siempre procurando estar a la última, forjándose un conocimiento tragando horas de música y películas. Lo bueno de él es que lo que opinasen los demás se la traía floja, consideraba que bastante regalaba a los modernos como para no darse de vez en cuando un homenaje. Lo malo de él es que le apasionaban los Cars e intentaba por todos lo medios hacer que nos gustasen a los demás, lo cual no consiguió, a pesar de que cada noche caía una del citado combo nuevolero. Pero una noche cambió de tercio y el lector de cedeles (sí, ya no había vinilos que pinchar) comenzó a hervir con ese inconfundible boogie rock que es “Get it on”. T-Rex, ¡guau! Esa ocasión había que aprovecharla y allá fui yo a la pista, que se vaciaba poco a poco, pues aparte de saltar o imitar las nuevas poses británicas, nadie sabía ya bailar. Un himno setentero en ritmo y riff, sensual, glam, glamour y la lengua del travieso Marc Bolan humedeciendo los labios: rock and roll. Quedamos dos bajo la bola de espejos. Resistentes en mala época, administrando el sudor quiebrapistas para ocasiones como esa. Rockeritos: gracias chico, gracias chica. Get it on – T Rex (Marc Bolan; Electric warrior, 1971).

Hong Kong garden - Siouxsie & the Banshees

Ni pude ni puedo, pero el revival ochentero del que los (ex)indies treintañeros han hecho bandera te contagia. ¿Te verías en plenitud de facultades tarareando The Smiths, saludando alborozado el "Thriller" de Michael Jackson y bailando "punta-tacón-molinillos gayer style" a Siouxise & the Banshees? No sé porqué los que fueron indies hace diez años y ahora temen la llegada de las canas resistiéndose a abandonar el mármol de las barras cuando se montan su ruta alternativa no exigen Nirvana, sino Joy Division. Dejemos el tema aparte, no sea que demos ideas. Yo no estoy en plena posesión de mis facultades, comparto mi campus entre mi edad física (30, inexorables) y mi edad mental (de 12 a 18, según días) y la noche es mongola, como "Hong Kong garden", único residuo de la sioux gótica (afterpunks, nuevos románticos, eso eran en su día... que decir gótico hoy en día es sinónimo de "emofrodita" y babas) que nos pone burretes. Ni pude ni puedo, decía al principio de este texto y así es: hace un lustro me pasaron un completo dossier sonoro (recopilatorio casero) de la reina oscura y sus compinches y se me atragantó cosa fina, pero "Hong Kong garden", con ese absurdo ritmo de tontería pop, casi naïf, goteando betún, es bulería digna de "Napoleon Dynamite". Hong Kong garden - Siouxsie & the Banshees (Susan Ballion, Steven Severin, John McKay, Kenny Morris; Hong Kong garden, 1978). nota: originalmente fue single no incluido en álbum alguno -cronológicamente le correspondería el debut-, pero el tema es carne de recopilatorio y obligada referencia en cualquier directo o reedición del grupo.

Angel - Jimi Hendrix Experience

Siempre me he preguntado qué haría a día de hoy Jimi Hendrix de seguir vivo. Las más de las veces me he respondido afirmando que se habría convertido en un gurú de la electrónica, por su pasión por la experimentación sonora en los estudios de grabación y por caminar siempre un paso por delante, a la vanguardia. Las menos me he imaginado que seguiría aferrado a la guitarra, su alma e instrumento, igualmente (r)evolucionando el panorama rock sin dejarlo de lado, como hizo Pete Townsend jugando con sintes. Pero Jimi Hendrix está muerto, llevándose a la tumba el amargo sabor de boca que deja el alcohol regurgitado. Nademos pues entre su obra, de la que me confieso admirador, y busquemos qué pedacito de su inmenso/intenso legado fue el pelotazo a mi devoción. Veamos, me vienen a la cabeza retales varios: fragmentos de un “Hey Joe” televisivo en blanco y negro, la candidez de la escucha de “The wind cries Mary”, el rock and roll enérgico de “Fire”… todos buenas piezas de los primeros tiempos (“Are you experienced?”) de ese power trio más “power” que nadie, la Jimi Hendrix Experience. Claro que si vamos a lo fácil, a lo antes citado, al tópico, sería injusto olvidar el mayúsculo “Axis: bold as love” o el doblemente mayúsculo “Electric ladyland”, que no es sino el mismo grupo disolviéndose en un ejercicio expansivo de creatividad incontrolada a la que se suman cienes y cienes de virtuosos “amigos” con los que se alcanzan clímax tántricos como “1983”. Pues no, no busquemos al Hendrix de los rituales crematísticos, al eléctrico “Wild thing”, pues eso no explicaría su significativa presencia en nuestra discoteca. La respuesta es otra, más compleja, cíclica. Sí, traza un círculo que se inicia en el Hendrix postmortem, retrocede al “rey gitano” de los clubes británicos y luego sale disparado a besar la frente del finado, aún caliente… cachondo de músicas, añadiríamos. Eso es “Angel”, por eso es “Angel”. Por eso dudamos al contemplar ante nosotros la tremenda trilogía (tetra, de contar el número efectivo de vinilos) que nos ciega ante tanto destello buscando captar nuestra atención: “¿No recuerdas que conmigo bailaste? ¿No recuerdas que conmigo soñaste? ¿No recuerdas que me silbabas? ¿No recuerdas que te susurré ‘completa tu colección’? ¿…?”. Fue y es “Angel”, hasta llegar al Hendrix expansivo, el de “Astro man”, el de “este el primer paso en la transformación del hombre en el superhombre de Marte que siempre quiso ser” y demás hipótesis carne de documental. Por el camino nos dejamos la “Band of gipsies”, siempre desconfiados del musculado boogie blues que la versión “pantera negra” de Hendrix quería ser, de no estar preparados para un furibundo y atronador ataque decibélico, controlado, urdido, todo sea dicho. Tiempo tenemos para enmendarnos, como para ser condescendientes con el “que será, será” de la artificialmente compilada recreación de F-U-T-U-R-O que es “First rays of the new rising sun”. Bueno, “Angel”, por fin, hablemos. Aquí no hay Jimi Hendrix Experience, bueno sí, es la JHE reformada con lo mejor de cada casa: Mitch Mitchell a la batería, Billy Cox al bajo. El primero, eslabón/eje entre el metronomicismo del oso John Bonham y el furibundo golpeo de Keith Moon, anclando el ritmo pero a la vez insuflando vida a las canciones, propulsándolas o sumergiéndolas o acariciándolas según se precise. El segundo, bajista escudero, de los que sostienen el artificio musical al pie del cañón con vigor constante, recio pulsador de cuerdas, constancia frente a la lucidez de Noel Redding (primer guardavías del expreso JHE y, añádase, compositor de clase: “Little miss strange”, “She’s so fine” y otras gemas pop que quedaron sepultadas por el febril stajanovismo del mulato líder). “Angel” es el moreno en su faceta de medio tiempo, imaginado gastando horas soñando en el estudio, hurgando en la piedra filosofal del multipistas, almohadillando metros de cinta máster, enrocado en el arte por el arte: desfile de percusiones dobladas, voces ecofónicas, guitarras escaladas, flotando, casi respiras la melódica del aire. “¡Cucú!”. “¿Quién es?”. “Jimi Hendrix ‘in person’, chaval”. “¿En tu faceta subacuática o marciana?”. “Jimi Hendrix pleno, tío”. Angel – Jimi Hendrix Experience (Jimi Hendrix; The ultimate experience, 1992). nota: cito la antología que me la dio a conocer, mi primer disco de Hendrix, en realidad correspondería al proyecto “First rays of the new rising sun” elaborado/elucubrado en 1997, aunque fue inicialmente editada en el póstumo “The cry of love” de 1971, primer capítulo de la conocida trilogía de chapuzas postmortem que completan “War heroes” y “Rainbow bridge”; por cierto, maldita casualidad pero acaba de fallecer Mitch Mitchell... un redoble para él.

martes 11 de noviembre de 2008

Solución suicida - Viuda Gómez e Hijos

Las fiestas del colegio. Me daban asco: todo el día paseando, viendo como otros se hinchaban a gusanitos y Coca Cola, aburrido como una ostra. Más o menos el mismo concepto que tengo de las fiestas populares, de barrio y demás reuniones gastronómicas. Soy así, un soso. Es verdad, prefería quedarme en casa leyendo o jugando o viciando a cualquier chorrada de las mías que hacer el paripé de que me lo estaba pasando bien. El mismo gusto que he tenido por disfrazarme o hacer el chorras porque me obliga la tradición o el guión festivo. Lo más que he hecho en mi vida ha sido ponerme una careta, lo cual a mi profesora de parvulitos le cabreó sobremanera por alterarle el esquema. Que se joda. Con varias fiestas de las ya citadas a mis espaldas y unas cuantas por pasar, en 1990 contaba yo 12 añitos, cursaba sexto curso de la extinta EGB y desde hacía cinco años me mostraba inquieto a ese maravilloso mundo que es el rock and roll, que entonces se concebía únicamente como pop-rock en general, siguiendo los dictados de programas como Tocata. Pues bien, ese año también hubo fiestas en el colegio y, como yo y mis amigos habíamos pasado al ciclo superior de la citada EGB, tuvimos el privilegio de estrenarnos en lo que llamaban el Festival, así sucintamente. Se trataba de una especie de performance múltiple de variedades y espectáculos que se prolongaba unas tres horas, las últimas, el colofón a tan significativa fecha para la comunidad escolar. Por el pabellón del colegio desfilaban grupos de chicos y chicas haciendo de las suyas: que si magia, que si bailes, que si teatro, que si música… El público estaba compuesto por los tres últimos cursos de EGB, los tres de BUP, COU, profesores y algunos padres intrépidos. Este popurrí atiborraba las gradas en una celebración colorista y sonriente de los valores y aspiraciones de artistas en potencia, que luego quedarían frustrados al tener que estudiar una carrera para ganarse las lentejas. Yo ahí me sentí bien, pues podía bostezar a gusto, sin tener que deambular por los patios, sentadito y quietecito, contando los minutos hasta que llegase el momento de coger el autobús. Oigan, antes de continuar, no era tan gilipollas como parece, ¿eh? He de reconocer que los de mi curso éramos un poco paradetes, que yo y mis amigos éramos un tanto pardillos, ¡pero felices y orgullosos de serlo! Básicamente es que con los años (ese paso de BUP a COU y otros tránsitos especiales) vimos que estábamos como estancados: los que nos llevaban un año se metían de todo y más, a los que llevábamos un año follaban como leones… nosotros bebíamos y jugábamos al fútbol y nos hacíamos pajas, cada uno las suyas por supuesto. Y como la asistencia al acto supremo colegial no se medía por la inteligencia, sino por el riguroso punto de vista del “esto no debe ser recomendado a menores de tal y cual”, pues allí estábamos. Vimos desfilar magos, payasos, bailarinas… algunas quinceañeras demostrando lo buenas que estaban y porqué se mantienen en la memoria de muchos aún hoy en día... etcétera. Y grupos. Grupos de rock. Joder, por ese festi pasaron desde monstruos multi instrumentistas hasta los pánfilos modernos de mierda del momento. Allí escuché rigurosas interpretaciones de “Miña terra galega”, por ejemplo, pero también la gran cagada que supusieron Offspring y demás en la comunidad adolescente de los primeros 90: el pijo que cantó “Rape me” de Nirvana entre gallitos era subnormal y hoy seguirá siéndolo. Pero todo eso vino después, en 1990 en España no había grunge. Y esa tarde se me grabó uno de esos instantes “rock” que me han acompañado toda mi vida, hasta ayer. Les cuento, tranquilos, relájense que esta historia ya es larga y más que será. Tres chicos de octavo se subieron al escenario. Uno a la batería, otro al bajo y el tercero a la guitarra, plantado ante el micro. Lo demás es un viaje en el tiempo, un estribillo clavado cual astilla en mi jeto. El riff más básico del rock and roll, desnudo, la línea de bajo entrando al bies de la batería, ritmo simple, de manual, la letra insustancial, breve, directa, pop, estribillo hinchado con los coros de toda la vida. Lo más simple, lo más bello. Fue E-M-O-C-I-O-N-A-N-T-E. Sonaba a pop-rock, en el fin de la década de cuando ese género era válido. ¿El fin de una era? Tampoco hay que sobrarse con la justicia poética. Los años pasaron, muchos, muchísimos, por suerte no todos de una vez. De vez en cuando me venía a la mente ese estribillo y viajaba al desparpajo de esos adolescentes que sin saberlo me hicieron vibrar. Más años pasaron aún para descubrir que lo que hicieron fue una versión de lo último de lo último en la escena coruñesa. Joder, casi cuento lustros para situar el día que descubrí que “Solución suicida”, la canción, era obra de Viuda Gómez e Hijos, de quienes había oido hablar, pero jamás escuchado su obra, salvo la versión que me llegó vía “jóvenes valores e intérpretes”. Y el viaje acaba, tranquilos. El año pasado una radio herculina se puso a elaborar la lista de las mejores canciones referentes o con referencia en la ciudad. Y un día el locutor pinchó un vinilo cuyos surcos parecían cubiertos por pelusa paleolítica, según se oía por las ondas el conducirse de la aguja. Y ese día en mi cabeza algo saltó como un resorte en mi cabeza al escuchar esos acordes, los acordes sin trampa ni cartón de esa guitarra. Y luego la batería redoblando y poniendo firme a la melodía y el bajo delineando la ruta y esa voz y esa letra y … “Esta no es una historia para que te la creas, no sería útil para tus entendederas (…) sube el volumen, opera el oído. Solución suicida (uouoh), solución suicida. Si tu novia te ha dejado. Si una paliza en un callejón te han pegado. Si necesitas cifra y decides dar el palo y todo acaba delante de un comisarioooo”… Y esa emoción, sentida, el pensar que por la mañana estaba sonando rock de cuando el rock se ponía en la radio sin restricciones… ¡Qué gozada! “Solución suicida” y por ende Viuda Gómez e Hijos no ganó la competición de coruñesismo, supongo que los modernos votaron a mansalva por Deluxe, pero a mí me reavivó la llama por indagar en una escena desconocida para muchos en esa ciudad: Eskizos, Radio Océano… Escena que yo no viví pero cuyos ecos editados en plástico me petan bien. Y así, hormigueando, buscando, hasta ayer. Un día en el que por mucho que lamentemos estos mundos de tecnología consumible, Internet me trajo a la viuda, de vuelta y media. Otra bonita historia de “A Coruña, rock". Solución suicida – Viuda Gómez e Hijos (Jorge Fernández, Alberto Ramos, Daniel Navarro; Completamente, 1987).

lunes 10 de noviembre de 2008

La mala vida - Los Calzones Rotos

Ska. Así(n) de sencillo. Internacionalismo, no tan sencillo. A la gente se le llena la boca con buenas intenciones, allá ellos. Pero los pretendidos (cuando no pretenciosos) cantos de esperanza resuenan muy diferentes según de qué parte del océano procedan. Hay que observar con lupa, tocar con tacto. El abrazo al latinismo por parte de Mano Negra o Negu Gorriak tiene su continuación en la actualidad en los italianos Banda Bassotti. Curiosa fortuna la mía cuando indagando te suena la flauta a la primera... suerte de estos tiempos de Internet. Les cuento, a los Calzones Rotos los conocía por una simpática tonada de ska (así sin más, sencillo) llamada "Gente", compilada con mil y un potajes de rojerío hispanohablante en uno de esos cedeles de musiqueo alternativo que tanto proliferaron en los 90. Ya en el siglo XXI, la renacida Banda Bassotti le cogió el gustillo a pasearse por España adelante y mostrar su nueva fuerza (impulsada por una potente sección de vientos y sonidos más inmediatos), con lo que en un par de años pude verles unas cuantas ocasiones. Siempre bien, en su línea de rock de combate, pero con un enfoque cada vez más... eeeh... ¿occidentalizado? Digamos que puño en alto "mainstream". Total, cuando acababa el "chou", por los baffles estallaba una canción que era fiesta en sí, algarabía, cohetes SAM cargados con bengaleo. Marcado acento argentino era su distinción y, presto a hacerme con ella, aposté por la única pista que tenía: Calzones Rotos. Y ahí estaba, "La mala vida", canto de esperanza verídico, de arrabal, de donde el gachupín se ve al pasear y no a través de National Geographic. "Revolution rock" al peso y testimonio de primera, de esos que revuelven lo que en tu alma de consumista queda de solidarismo colorado y la encienden aunque sea sólo con una breve chispa. "Por la calle todos unidos como en el Carnaval, con una copa de alegría ya verás, la mala vida pasará...", de veras, ojalá. La sombra del "Sandinista!" de los Clash es muy, pero que muy alargada. La mala vida - Los Calzones Rotos (Pingüino, Pitulo, Pájaro; Frecuencia extrema, 2004). nota: obviamente desconocemos la identidad real de los autores de la canción, respecto a la también citada "Gente", fue editada en el álbum "Jungla ska" de 1995.

jueves 6 de noviembre de 2008

Desolation row - Bob Dylan

Me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca: “No entiendo qué tipo de carencia emocional padeces para no ser ‘dylanita’, como todos nosotros”.
Respuesta remitida al interesado: “Tiene voz de rata”.
Me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca: “Pero es que es la figura básica en la actualización del cancionero tradicional americano al siglo XX, además de eje vertebrador como autor e influencia en el panorama de la música contemporánea mundial”.
Respuesta remitida al interesado: “El género cantautor me inflama sobremanera, el folk no llena mis idus y si la deriva de Dylan ha generado cosas como el ‘sonido americana’ lamento mucho no poder asimilar tan basta obra… sin dudar de su valía y calidad, ojo, que la tiene”.
Me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca: “De todas maneras también tienes al Dylan electrificado”.
Respuesta remitida al interesado: “Las interpretaciones en ese formato de las que he sido testigo, tanto actuales de manera presencial como grabaciones de época me han dado la imagen de un discurso deslabazado, distorsionado, que sólo persiste por la genuina calidad de su estructura, no por la emoción que pueda llegar a transmitir”.
Me lo dijo Pérez: “¡Pero cómo no te puede gustar Bob Dylan!”.
Respuesta remitida al interesado: “Porque no. Y lo digo con la propiedad que me confiere el haberlo intentado. Igual que me he leído El Quijote y no me ha gustado y lo digo con dos cojones y bien alto. Esto no implica que dude de su calidad, pues muchas revisiones de Dylan me han enamorado, como ese ‘Baby blue’ de Them o de los 13th Floor Elevators o el ‘It ain’t me babe’ de Johnny Thunders”.
Me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca: “Tanta negación me hace dudar de tí”.
Respuesta remitida al interesado: “Eso sí que no tiene sentido. Intenté enfrentarme a mis complejos yendo a lo grande: con ‘Highway 61 revisited’ y ‘Blonde on blonde’. Un Dylan más estándar es difícil de encontrar: la plenitud eléctrica del primero, el blues rock con clase del segundo. Nada de nada. Buenos discos, pero no es mi rollo. Aunque… hay una excepción”.
Me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca: “¡Albricias! ¡Cuenta!”.
Respuesta remitida al interesado: “Nada más y nada menos que ‘Desolation row’. Un ejercicio de robustez y sobriedad instrumental, que aguanta sus más de 11 minutos como podría hacerlo durante 20 o 40 incluso. Sin fisuras ni atisbo de corta y pega en sus desarrollos. Y la letra, puro Dylan, historia digna de narrador literato, poeta. Me hace gracia pensar que unos lo sitúan en las aventuras mexicanas de un escritor beatnick, otros en las vivencias del propio autor en Greenwich Village y lo observado en esa jungla que en la época era la Octava avenida neoyorquina, otros en los ahorcamientos múltiples de tinte racista de Duluth (localidad natal de Dylan)… en cambio yo me imagino ese poblado de buscadores de oro de ‘La leyenda de la ciudad sin nombre’, barracas y barro, aventureros y perdedores. La última carta que se envía a casa antes de ahogarse en busca de la muerte. Un acojonante ‘por favor, no intentes escribirme, no me busques’. Definitivamente, en conjunto: un hormigueo de ‘hats off’, colega!”.
Post-it adjunto: Desolation row – Bob Dylan (Bob Dylan; Highway 61 revisited, 1965).

miércoles 5 de noviembre de 2008

Reach out, I'll be there - Four Tops

La cacé al vuelo. Primero a medio estribillo. “Gloriosa coral”, dije para mis adentros. Decidí no precipitarme y me quedé con la mosca detrás de la oreja, pidiéndole antes a la muy fuzzera que no revolotease si estimaba en algo su salud. Me quedé inmóvil mientras a mis espaldas la radio liberaba un pletórico ejercicio de rythm & blues clasicote: voces negras, instrumentación con vigor soulero. “Aaaail bi deeeeer nananá naná nanaaaaáa!”… a la segunda, pues el esquema pop no destaca por salirse de la casilla “verso + estribillo + verso + estribillo + solo + estribillo”, lancé a la mosca a la busca y captura de tan maravilloso sonido. Y lo atrapó, ¡ole tus cojones moscón! En apenas segundos ya tenía la melodía taladrándome el jerolo. Ya sólo faltaba la complicidad del locutor para completar la ficha de detectivismo y comenzar las pesquisas. El “radialogador”, se portó, a la vieja usanza. Como aquellas intensas noches en que la radio era mi única compañía, en las temporadas de exámenes universitarios. Adolezco de hábitos poco comunes para la concentración y el estudio: me encerraba en mi cuarto a medianoche y permanecía despierto “chapando” hasta las ocho de la mañana. Un “matao”, oiga. Por las mañanas dormía y por las tardes me rascaba las pelotas, como hacía el resto del año. Pero durante la noche daba el callo, con la única compañía de la radio, marcando el pasar de las horas con la sucesión de programas. Supongo que no soy el único oyente de RNE 3, así que no creo necesario ponerme a loar y regalar alabanzas a esta emisora, pero sí agradecerle al menos el hacer más reconfortantes las largas noches de asimilación de apuntes, ver amanecer enfrascado en papelotes pero aligerados los oídos. Y a día de hoy, parcialmente desafectos al trasnochismo (es lo que pasa cuando tienes que ir a trabajar tempranito), la magia de la radio permanece gracias a que aún quedan nichos resistentes al radioformulismo. Y así se te queda la cara cuando a tus espaldas te asaltan los Four Tops, esplendorosos, con ese clasicote “Reach out, I’ll be there”. Ritmo negro, como el Colacao, para desayuno y merienda. Reach out, I’ll be there – Four Tops (Brian Holland, Edward Holland, Lamont Dozier; Greatest hits: the singles collection, 1991).

martes 4 de noviembre de 2008

Solitary man -Neil Diamond

No asimilo y la culpa la tiene el frenético ritmo que nos impone el siglo XXI. Producir y consumir y viceversa sin saborear. Me pasa a mí, te pasa a ti, nos pasa a todos. Lo que antes era mi disco del mes, ahora no llega ni a una semana. Dicho esto se podrían ustedes preguntar, ¿no significa eso que descubres joyas con más rapidez? No, no han entendido nada. Miren cómo están las cosas: mi grupo del año 2007 fueron los Epoxies y apenas escuché sus dos álbumes media docena de veces. ¿Falta de criterio? Falta de tiempo. Miren cómo están las cosas, capítulo dos: mi teórico grupo del mes pasado fueron los recuperados The Boys, pero su reinado efectivo sólo puede traducirse en una semana de audiciones desperdigadas, a toda velocidad, saltando de canción en cuanto no entraba la tonadilla a la primera… ¿He disfrutado un disco que he oído mayormente mientras fregaba la cocina y el ruido del agua del grifo lo saturaba todo? ¡No, cojones, no! Ustedes con sus mp3 pueden creerse más afortunados, pero les está sucediendo tres cuartos de lo mismo. Echo de menos la consistencia del álbum, leer la música mientras la escucho, tirado en mi sofá, mis cojones y yo, pasando las páginas del libreto e imaginando de qué va en esa ocasión determinada el rock and roll. ¿Y todo esto qué tiene que ver con Neil Diamond? Pues se lo explicaré con mucho gusto. La semana pasada fui a un festi de documentales musicales que se celebra anualmente en la gran ciudad en la que tengo aposentados mis reales desde hace nueve meses. El menú era tan jugoso que me metí, bien acompañado, un atracón de 17 películas. ¿Alguna de Neil Diamond? No, no adelanten acontecimientos. Resulta que a la variedad fílmica no le acompañaba variedad en los entrantes. Bueno, el hilo musical previo a las proyecciones era muy bueno para apaciguar la espera, pero cuando lo escuchas 17 veces en una semana acabas cansándote. Pero en una de estas involuntarias audiciones comenzó a sonar una canción a medio camino entre el cantautorismo americano vía Cohen o Dylan y los arreglos orquestados Costa Oeste. Y una voz masculina entonaba un firme lamento, por otra parte muy típico, sobre el “jodó-no-me-como-una-rosca-y-además-a-la-mínima-me-ponen-los-tarros-pobre-de-mí”. Y hete aquí que uno se queda con la copla, investiga y se lleva una de esas sorpresas que se pueden encasillar como “¡joder, ya es casualidad!”. A todo esto, ¿de qué o quién hablábamos? Pues del “Solitary man” de Neil Diamond. Lo primero, inconfundible en el profundo y vibrante estribillo, lo apunté en mi libretilla, para después enciclopediarme y obtener la segunda parte de la ecuación. Sí señores, Neil Diamond. Su debut, “The feel of Neil Diamond”, ya está listo para ser cocinado en receptáculo digital, lo cual ahonda en mi rabia sobremanera: no hace mucho hubiese ido a la tienda a hacerme con este (según dicen) imprescindible “collectable”, pero con estas prisas permanece en mi disco duro, esperando a que compre cajas de cedeles y me apetezca perder el tiempo con la portadita y los rotuladores y demás… Dios quiera que no tarde más en este ejercicio de papiroflexia que en la obligada escucha. ¿Pereza? Agobio. Pero lo juro, el siguiente, toque quien toque, cae original. Y es curioso que sea Neil Diamond el que, supongo que telepáticamente, me diga “¡nene, espabila, no pierdas la ilusión!”. Digo curioso porque no hace mucho que leí un exhaustivo repaso al señor diamantino en el que se le tildaba de semicrooner para jubiladas y amas de casa. Y quizás soy una de ellas y por eso me pongo tierno con “Solitary man”, como en su día hizo el Cohen primigenio… aunque ahora a quien me toca dar consuelo (escuchar lamentos ajenos es cosa de buenos amigos) es a Neil Diamond. Solitary man – Neil Diamond (Neil Diamond; The feel of Neil Diamond, 1966).

lunes 3 de noviembre de 2008

Ask me no questions - Johnny Thunders

Mmmmh… “No me hagas preguntas y no te contaré mentiras. Eso fue entonces y ahora es hoy. ¿Te acuerdas lo que te solía decir? Y entonces era el pasado y yo era el último. ¿Te acuerdas cuánto te duró el anterior? Parece que nunca aprendo y que siempre me toca perder. No me hagas preguntas y no te contaré mentiras. No hagas preguntas sobre lo que podría pasar. No me hagas preguntas y seré tuyo esta noche”. La culpa nunca la tiene la ginebra, sino la naranja. Cuando te alimenta el mito, devoras a lo loco: bootlegs de Gang War o los Heartbreakers. Con alguien tan irregular como el Choni Zanders el juego es un riesgo absoluto. Aunque cuando la moneda cae del lado correcto, te pones bruto y rampante. Como ejemplos tienes ese “Copy cats” por el que mi padre pagó casi tres talegos por darme una alegría y con el que Choni recrea un notable (sub)musical “fifties” de serie B. O ese bootleg japo que es “Hurt me more”, que incluye la mejor canción compuesta por nuestro héroe: “Some hearts, bird song”. Y como no, ese “So alone” con el Truenos desastrado en portada, que contenía la melodía que regalábamos a la luna en nuestros erráticos regresos a casa, “Ask me no questions”, fabuloso medio tiempo, melancólica evocación del “con un beso hubiese bastado esta noche”. Luego se desnuda en “Hurt me”, pero no es lo mismo, porque la soledad del ebrio amanecer tiene más épica que la que se gesta en la intimidad de tu cuarto abrazado a la guitarrita (me refiero al Choni, que yo en mi vida he agarrado instrumento alguno). Y, dejando las cosas claras, cuando uno deriva entre los diecimuchos y los veintitantos, la melancolía tiene su atractivo, porque en el fondo tiene remedio. Puro postureo. Ahora con 30 cumplidos bebes café con leche para engañar al hambre, pero no te masturbas pensando en algo que brilla allá en el espacio. ¿Verdad que ya no mola? Ask me no questions – Johnny Thunders (Johnny Thunders; So alone, 1978).

sábado 1 de noviembre de 2008

Penetración X

El uno, siempre en la sombra, dedos mágicos e intelecto, alimentador de la leyenda del otro, genio y figura, mito. Me leí el libro del primero, vi la película sobre el segundo y comprendí que los cuentos del rock hay que creérselos como vienen, sin atender a lo que de humanos o personas (que no es lo mismo, hagan la prueba consigo mismos) se revele cuando nuestros ídolos bajan del escenario. Un inciso, quizás el no ser seguidor acérrimo de tan histórico combo me haya facilitado observar las cosas desde la barrera, a una prudente distancia de la lid, pero eso no quita que mi melomanía se haya dejado seducir por tan increíble trayectoria, tan propia del rock and roll como las que más: drogas, celos, odios, lágrimas... En mi discoteca figura ese clásico doble álbum en directo, el más vendedor en la historia de la música moderna en España: suena sucio, con actitud, atronador... un epitafio, sí, lo crean o no, de tres pares de cojones. La historia de esa grabación es de las que a mí me dan para imaginar e incluso fabular durante días, para bucear en archivos y testimonios para reconstruir el "momentum". Dos días del frío invierno 1988/1989, la sala más emblemática de la ciudad a reventar, estudio móvil para registrar el culmen de una carrera y también carpetazo a una etapa. Sobre el escenario diez personas, pero el morbo centra tu atención en dos: el cantante, frontman y epicentro, imagen y corazón; el guitarrista, cerebro y alma, vendida. Por si fuera poco, la cita es la fiesta de despedida del segundo, que semanas antes fue expulsado del grupo tras su enésima fechoría, que culminó en su derrumbe en escena, dejándolo a escasos metros de la muerte. Cuando uno escucha ese testimonio sonoro, cree que la banda rueda una última película de lo grande que fueron, permitiendo un fugaz retorno de aquel que ha escrito la casi totalidad del ya inmortal cancionero. Y todo es mentira: las sesiones de mezcla en el estudio son un bochorno para todos. El definitivamente ausente compositor y héroe de las seis cuerdas no ha dado la talla, sabiendo que es lo exigible a quien quiere decir adiós a lo grande. Durante los bolos previos a su primera marcha los técnicos, a sus espaldas, le bajaban el volumen o directamente lo desenchufaban para que los fans no se diesen cuenta del desastre, de lo difícil que es hilar acordes cuando se te cierran los ojos por culpa del caballo. Y esa noche no iba a ser diferente: ante la tesitura de regalar el amargo entierro de una banda o un gran disco en directo que suponga un simple punto y seguido, optan por la lógica. Todas las pistas de guitarra del díscolo son borradas de un plumazo, inservibles, fuera de tempo. De las 19 canciones (24 en la reedición digital) que han sido seleccionadas de cuatro horas de grabación, tan sólo puede rescatarse al héroe en una. La decisión es dura, pero se toma y se manda a tomar por culo el lastre. La foto de portada con la nueva formación, en los créditos la banda no incluye al ángel caído, tan sólo lo citan como "guitarra de ritmo en xxxxxxxx xxxxxxxxx"... no merece más... ¿No merece más? Durante más de 20 años los fans debatirán sobre esta cuestión, alimentarán la leyenda, avivarán el enfrentamiento hasta que las aguas vuelvan a su cauce. Cuando han pasado 20 años, ambos se dan la mano, cada uno dedicado a sus labores, limpios de todo. Ninguno se arrepiente, se reafirma en sus convicciones, pero se lo dicen a la cara, reconociendo eso sí sus errores. Y el corazón reconoce que es algo porque el alma impulsaba el latido. Y el alma reconoce que yendo ciego de todo y más se creía Keith Richards y no era más que un trapo y que el grupo hizo lo correcto en su momento. Y todo esto sólo lo saben los que han querido saberlo, mientras la gran mayoría ha preferido dejar la leyenda como está, que así les gusta más. Allá ellos. A nosotros nos llena saber que las historias cumplen una vez más su cíclico discurrir y que el pasado está enterrado para mejor. Y mientras, en la máquina se suceden Neil Diamond, Roky Erickson y los Four Tops. Y me gusta.