jueves 30 de octubre de 2008

Alalás - Xenreira

En los 80 hubiesen sido un magnífico hilo musicado a las “irmandiñadas” del sector naval o de los trabajadores del metal. Un fondo apropiado a una sucesión de imágenes inmortales para la imaginería proletaria gallega: como la del obrero embozado en pasamontañas que recorre el bosque sierra mecánica en mano, los tubarros adaptados a bengalas o los rodamientos de acero antipoliciales. Pero en la segunda mitad de los 90 la “revolta” volvía a las aulas universitarias y al mitinismo. Musicalmente estalló el Rock Bravú y aquí este combo se movió en cabeza con una poderosa fusión de ska festivo, guitarras en la onda crossover de Negu Gorriak (dejando de lado el rap y quedándose con el metal de la ecuación) y mensaje rojísimo, alimentado de toda esa ilusión inherente a la juventud. Rock de combate actualizando también el cancionero rebelde galaico, centrado hasta la fecha exclusivamente en el folk. El resultado, como un cañón, era este “Alalás”, revisión de Fuxan os Ventos (que a su vez habían tomado prestada del intelectualismo galleguista) lanzada a los nuevos tiempos como un ejercicio de fieles aprendices de la alianza Muguruza Bross & Kaki Arkarazo (a la que también recurrirá con mayor implicación Antón Reixa, añado). Pero a golpe de siglo XXI, cuando finalmente me agencié “Érguete!!”, ese tiempo era pasado, pretérito absoluto… aunque lo viví relativamente cerca tras mi estancia compostelana entre 1996 y 2001. Y aún así, “Alalás”, con esos lobos aullando el hambre, esa percusión obsesiva, ese adorno de pandeirada y esos guitarrazos como hachas te deja seco, con la garganta ronca de gritar una letra de combate como pocas se han compuesto en Galicia y que poco o nada tienen que envidiar a las de otras latitudes con las que se comparte Cantábrico. Alalás – Xenreira (Manuel Leiras, Xosé Luis Rivas; Érguete!!, 1997).

miércoles 29 de octubre de 2008

Orange skies - Love

¿Qué fue antes, el “Revelation” de Love o el “Goin’ home” de los Stones? ¿Qué fue después, la pregunta o la sobredosis de jam bluesy? Primero fue cargar la pipa (sólo tabaco, se lo juro) e hiperventilar. Adormecido, en duermevela, “Revelation” entró como Dios. ¿Acaso significa que hay que nublarse los sentidos para poder tragar? Pues sin duda entra mejor… pero lo que hay que subrayar es que para llegar a “Revelation” antes hay que pasar por una preciosa pista costera, un acuario burbujeante, con increíble área de descanso en “Orange skies”, maravilla entre esas maravillas pop que conforman la primera y flotante parte de “Da capo”. Una canción, un disco que supuso nuestro retorno al por entonces incomprendido “Forever changes”. “Orange skies” era tan de sofá como “Revelation”, pero sin necesidad de aditivos químicos para entenderla, para abrazarse en su calidez de que sí, que pop, que leve brisa de jazz latino, que te enteres de los adornos, de pajarillos y California tan cerca. Y yo por suerte fui al concierto que sí: en el Playa Club coruñés, con Arthur Lee dándolo todo celebrando sus sesentaytantos por fin libre. Y yo por suerte me perdí el concierto que no: en el Cultura Quente de Caldas, con el mito ausente, dejando una nota en la almohada que, según me contó un amigo, decía algo así como “hay una noticia buena y una mala: la mala es que Arthur Lee no va a cantar, la buena es que os quiere”. Me hacen eso y arde Troya. Pero todo esto que les cuento es muy posterior a los hechos que nos interesan, a esa apuesta a ciegas a “Orange skies”. Cielito lindo: pop. Orange skies – Love (Brian MacLean; Da capo, 1967)

One step beyond - Madness

Su familia era de pudientes, con el añadido de una pizca de desequilibrio emocional. Él era raro, así a las claras, aunque con los años demostró poder sobrellevar la juventud, superarse y superarnos a pesar de la incomprensión de un entorno de niños de papá que optaban por la colleja y la risa fácil antes que por la sinceridad. Le puteaban hasta sus hermanos: por superdotado, por inadaptado. Era la hostia y todos nosotros (yo entre ellos) unos cobardes. Salió del agujero burguesito que era nuestra ciudad para comerse el mundo antes de que el mundo se lo comiera a él. Lo hizo, se zampó la guinda (a su manera) y, creo, regresó derrotado por la enfermedad. No sé qué es de él ahora y, créanme, tengo miedo de saberlo. Prefiero no recordar en cuando éramos amigos (siempre, en todas mis relaciones sociales, sentimentales y emocionales he tendido a hacer equilibrios en esa cuerda floja que marca la frontera entre “freaks” y “normales”), pues los remordimientos me dan una buena patada, sino verlo como el chaval que cuando le dio la vena del Rock Radikal Vasco casi aprende euskera de manera autodidacta, o como el genio que programaba su ordenador Amiga para adaptar la máquina a las exigencias de un auténtico y solitario Tron. También por esas fiestas de adolescencia en esos pisos (el del centro y el apartamento de la playa) en las que “rularon” los primeros porros y las primeras borracheras de calimocho… y en las que no nos comíamos nada, pues a las pocas chicas que venían no sabíamos cómo entrarles… ¡Pardillos éramos, joder! A una de esas fiestas llevé una cinta con mi último descubrimiento: Madness. La verdad, las primeras escuchas me dejaron soso, pues yo provenía del ska facturado vía Kortatu y no entendía. Luego entendí, gracias sobretodo a ese portentoso ejercicio de relectura jamaicana que es “One step beyond” (luego me pasé a “Nightboat to Cairo”, pero eso es otra historia) y a que amueblé mi cabeza con más estanterías para discos. Entendí, quizás de manera un tanto obtusa. Una tarde, recién cobrada la soldada mensual paterna, fui a una tienda de discos dispuesto a agenciarme ska bailable. En una cubeta etiquetada como “Ska: Madness, Specials…” encontré un vinilaco titulado “Instrumental madness”. La portada no daba pistas y en la contra figuraban una docena de nombres totalmente desconocidos. Excepto uno, creí entonces, los Wailers, nombre que indudablemente me sonaba a Bob Marley y a jamaicano. Al llegar a casa, puesto el plato en marcha, me quedé extrañado: eso era rock and roll, no ska. Puse el vinilo dos veces, eso me gustaba: rock and roll instrumental, acelerado, sudoroso, cutre… Ahora les digo que esos grupetes (Wailers, Noblemen y demás) no eran sino combos dorados del mejor garage americano sesentero… y el cabrón de la tienda lo puso en la cubeta de ska pensando que “Intrumental madness” eran los Madness haciendo instrumentales… ¡Gilipollas! Pero esto también es otra historia. “One step beyond” es, valga la redundancia, el paso que marca el tránsito entre el cerrojo Sex Pistols (en mi caso) y una tímida apertura de miras que con el tiempo me doy cuenta de que ha permitido que por mi balcón entre un solano que te cagas. ¡Baila cabrón! Pd.: Como algún día pille al hijo de puta que aquella noche, en aquella fiesta de adolescentes imberbes, sin que yo me diese cuenta le dio al botón de “rec” borrando casi 30 segundos de “One step beyond”, le voy a patear la boca. One step beyond – Madness (Cecil ‘Prince Buster’ Campbell; One step beyond, 1979)

martes 21 de octubre de 2008

Dolores se llamaba Lola - Los Suaves

El Tatraplán tenía enfrente el Tatrabís, que ahora es el Egeo, pero eso no importa porque a nadie le importa y ni siquiera yo me acuerdo. De las noches en el Tatra sí. El viejo, el de las paredes pintadas (¡pide el boli en la barra!), los cubatazos, los goterones del aire acondicionado, los cánticos ebrios de La Polla, Kortatu y, siempre, “Dolores se llamaba Lola”. Yo tenía pelo largo. Empezó a crecer en el tránsito de BUP a COU y así siguió hasta mi último año de carrera. Y con melenas (y ahora sin ellas) ondeaba cuernos al son del rock and roll. Joder, el Tatra: hormigón, mujeres y alcohol… aunque mucho más de esto último, tampoco hay que alardear de lo que no hay. Fue mi hermana la que me llevó por vez primera y ya después nos valimos mis amigos y yo para ir por nuestro propio pie. En esos tiempos, además del Tatrabís, al lado estaba también un Lautrec diferente. Pero estas cosas mejor quedan en mi cabeza y mis recuerdos. “Dolores se llamaba Lola” me habla de desórdenes etílicos, de no preocuparse por las chicas porque total no te van a hacer caso, de que tus padres achaquen el olor a tabaco a “los ambientes cargados que frecuentas” y el dolor de cabeza a la falta de sueño, “porque mi hijo no bebe porque no le gusta”. Y hacer la calle hasta las seis. Rock duro le llamaban a esto, ¡ese Yosi! Dolores se llamaba Lola – Los Suaves (José Manuel Domínguez; Ese día piensa en mí, 1988)

jueves 16 de octubre de 2008

Electric fence - Sin City Six

Flipada: Estos tíos eran un puto muro eléctrico, así de clarete. Yo no comulgaba con los Pleasure Fuckers de Kike Turmix porque nunca me han gustado los gruñidos a las voces, pero sí eran de mi gusto las Víboras, la aventurilla pseudoglam macarra de Norah. Quizás por ello esta reencarnación sin el gordo no me hacía temer especialmente un mero cambio nominal para parchear el invento con una simple vuelta de tuerca más. Sin City Six iban de otro palo, afortunadamente. Seguían fieles al lema Turmix “all punk must rock, all rock must punk”, pero dejaban aparcada la apisonadora y apostaban por emitir las sensaciones producidas tras una exhaustiva y revolucionada reescucha de la discografía de AC/DC, banda sonora que siempre pegó de puta madre con las madrugadas alcalóidicas del Madrid malasañero.
Sinceridad: ¿Se han creído todo lo anterior? Ni caso. La verdad es muy distinta, aunque con similar y satisfactorio resultado. Allá por los albores del milenio emitían en la Telegaita de madrugada un programa llamado Chambo. En él, por espacio de una hora desfilaban como plato fuerte grupos de música (en riguroso directo) y, como complemento, artistas plásticos y de papel de distinto pelaje guiados todos por una presentadora muy maja. Duró apenas dos temporadas, pero sus fieles vimos desfilar por su escenario a maravillosos grupos locales (galaicos, por extensión) como Brandell Mosca o Thee Virus y combos estatales que hablaban el idioma rock. Lo nunca visto, rock and roll del bueno en la tele. En una de estas, una banda de guiris (menos el batería, según supimos poco después) afincados en Madrid le dieron duro con una versión del “Little red book” de Burt Bacharach (más conocido vía Love). Al frente del quinteto, que desplegaba en sus alas las poderosas hachas de Norah y Mike, estaba Lee Robinson, un desgarbado voceras, alto como él solo, con el pelo engominado hacia atrás a modo de revisitación rocker y un aura de frontman auténtico. Así, con ese gargantazo que salía de mi televisor a tan infausta hora, quedé pillado por los huevos por su actitud, porque se lo creían y así lo hacían saber. Rock and roll y nada más. El disco lo conseguí un par de años después, supongo que revisando la estantería de alguien y soltando un “¡anda, los Sin City Six, me lo llevo!”. Electric fence – Sin City Six (Norah Findlay, Mike Sobieski; Sin City Six, 2000)

Tan lejos - Décima Víctima

Lo decíamos ayer al referirnos a X Ray Spex, lo que queda en los manuales de Historia tapa sobremanera la realidad. Recordemos que dichos cuentos los escriben los vencedores y apenas quedan notas a pie de página para fantabulosas aventuras que en su momento así fueron, se vivieron como tales y que si las destapas te hacen ver las cosas de diferente manera. La Movida, movida, removida madrileña ha quedado para la posteridad como Alaska y sus múltiples transformaciones o, en su defecto plural, como un saco sin fondo en el que cabe todo el que pasó por allí e, incluso, el que prefería bordear la M-30. En fin, que uno agradece la sobredosis informativa de estos días, pues siempre ha sido animal de rebuscar en papeles y redes varias hasta hallar alguna piedrecita de esas, brillantes, que aunque en la mayoría de casos son vulgar pirita, en otros son oro del que desgarró al moro (metáfora hemorroidal). Y en estas estamos a día de hoy, cansados pero maravillados, sentadicos en una piedra tras aparcar pico y pala, emocionados con este “Tan lejos”, singular factura y oscura (con muchos matices, más bien gris marengo) belleza. Con la cabeza llena de ideas que aclaran un poco más el panorama sobre aquellos primeros 80 que pasamos en el parvulario en vez de en el Rockola o el Marquee: en este caso la conexión de Carlos Entrena con Paraíso, Ejecutivos Agresivos y, finalmente, Décima Víctima. Y estamos maravillados, digo (en plural, porque no cabemos en nosotros mismos de gozo cuando nos emociona algo), porque quien se propone hacer las cosas bien, con modestia, las lleva a buen puerto las más de las veces. “Tan lejos” no es muestra insustacial ni efervescencia ma(n)drileña, es seriedad, tomando referencia sonora británica con bajo en primera línea y ricos arreglos instrumentales, acompañando una voz grave, plena del magnetismo del hombre tranquilo. Soledad, abandono, melancolía, tristeza con el mejor de los peinados, con serenidad, sin alzar la voz. No es canto desgarrado, ni un desquite, sino una introspección elegante. Aquí no hay colorismo de removida, pero tampoco torturada oscuridad, tan del gusto de los nuevos románticos y góticos de la época. Hay pop, sencillo y costumbrista, del día a día, de lo cotidiano. Esa vista al pasado, a las relaciones humanas, aquellas que llenan tanto que cuando terminan cuesta Dios y Prozack llenar el vacío que dejan. Y “Tan lejos” consigue que ellos sugieran y tú imagines y te preguntes qué fue de aquella(s) chica(s). Te toca la fibra y te quedas frío, helado. Y no lloras, porque “Tan lejos” es melancolía, pero no miserable. Tan lejos – Décima Víctima (Carlos Entrena, Lars Mertanen, Pat Mertanen; Resumen, 1994). nota: cito una antología que incluye el ep original, homónimo y editado en 1982, aunque a día de hoy toda su discografía está disponible en Internet por lo que un servidor se ha currao un “integral” bastante molón.

miércoles 15 de octubre de 2008

Art I Ficial - X Ray Spex

Una idea: algunos derivan hacia el “Banned from the pubs” de Peter & the Test Tube Babies y otros lo hacemos hacia supuestos “artys” como Vibrators o nuestros protagonistas de hoy. Sí, hasta para eso da el punk. A otra cosa: mi madre pensaba que iría a la cárcel por copiar cedés. Cierto, corría el año 2002 y yo estrenaba tostadora y conexión a Internet, muy limitada eso sí, hasta el punto que tardé tres días en completar el “Germ free adolescents”. Una a una, a 56 kilobites por segundo (a 48 reales), sin posibilidad de testear los temas una vez descargados ante el riesgo de que se chapase el Kazaa. Y cayó el disco, acompañado por unas carátulas “.gif”, con lo que me las vi y las deseé para dejar bonito el asunto con el Paint (de aquella Photoshop me sonaba a tienda de revelados)… pero lo hice y me quedé con la copla, prendado por tan original artefacto. Siempre recurro a “Art I ficial” cuando me apetece desmarcarme del libro de estilo cresta, que lamentablemente es lo único que ha quedado en los manuales de Historia. Sí, hay guitarra motosierra, pero mareada por los efervescentes gritos de Poly Styrene, furor uterino en esencia y germen (juego de palabras no intencionado) de inadaptada social, y por un saxo discordante, reloco y turbador, único en su especie. Fue una de las primerísimas sorpresas que me llevé al rascar el plástico del 77 londinense, de esas que hay que recomendar encarecidamente para tornar el bostezo en boquiabiertismo. Vírico, de gusto. Art I Ficial – X Ray Spex (Marian Joan Elliott, Jack Stafford, Paul Dean, Steve Thompson, Paul Hurding; Germ free adolescents, 1978).

martes 14 de octubre de 2008

Nasty nasty - 999

Estamos ante un grupo de singles, de esos cuyos álbumes pierden sonoramente fuelle cuando se trata de dispendiar los comprimidos de siete pulgadas en envase de multisurco. Tampoco es una decepción completa esta nuestra última adquisición de escuela británica (promoción del 77), sobre todo cuando este blog trata de canciones. De oídas traíamos “Emergency”, correcta formulación de punk cuasi niugüevero onda Buzzcocks o Undertones, sin la velocidad de los primeros ni la capacidad para hilar melodías de los segundos. Pero hurgando en la llaga, bajo el pus uno encuentra casi seguro sangre y aquí está “Nasty nasty”, uno de esos singuelitos maravillosos que en tantas y tantas listas aparecen como “seminales” o “one chord wonders” (incluso “one hit wonders” en lo indie de la época) o “seven inches classics from the punk era”. Y no busquen tres pies al gato, pues “Nasty nasty” va a lo básico, a los tres acordes y un afortunado estribillo. Los 999 seguramente nunca estarán en nuestras oraciones y tampoco creo que merezcan ser mencionados más por aquí o en conversaciones tabernarias, pero “Nasty nasty” se ha ganado un corte en nuestro siguiente popurrí digital… bueno, reconozcamos que aparte de por lo musical, los 999 y este “Nasty nasty” también se ganan una sonrisa por propiciar una agradable charla melómana con un disquero sobre “El-sí-o-el-no-de-cara-a-la-aceptación-del-power-pop-primigenio-como-género-válido-y-la-asimilación-del-cuarto-trabajo-de-The Boys-como-producto-del-citado-estilo-toda-vez-que-‘Weekend’-es-todo-un-himno-adolescente-pero-quizás-sería-mejor-no-alejarlo-de-la-visión-punkrocker-de-‘Alternative chartbusters’-sólo-porque-hayan-bajado-dos-puntos-de-volumen”. Así que “Nasty nasty” mola, hit de la semana. Nasty nasty – 999 (Keith Lucas, Guy Days; 999, 1978). nota: el tema no fue incluido en la edición original del debut de 999 sino en su reedición posterior, mostramos los datos del original porque nos sale de la huevera.

Help you Ann - The Lyres

De guateque, sudor y transparencias en cubito de hielo. Fuzz garagero encendido, entrada secuenciada, teclado Vox interruptus. Noches de rock and roll y gambiterismo. Paso 1: quiebre sus caderas. Paso 2: simule espasmos. Paso 3: ¡no se rinda, baile el cucaracha! Paso 4: ¡dame, dame Van Damme!. Help you Ann – The Lyres (Jeff Conolly; On fire, 1984).

lunes 13 de octubre de 2008

Home - Iggy Pop

La imagen que me viene a la cabeza, así de repente, es esta: los Rolling Stones en las sesiones del “Black and blue” o alguno de sus artefactos tardosetenteros o incluso de una década posterior (obviemos “Some girls”, por respeto a sus fans). Verán, leído sabe Dios dónde, el estudio cuenta con una habitación con un par de sofás en los que están repantingados Kiz y Jagger, en el centro una mesita con una preciosa maqueta a escala de los Alpes, metáfora cualquiera para ilustrar generosas montañitas de cocaína, de la que catan ambos de vez en cuando y de cuando en vez. Kiz rasga una Telecaster cuasi desganado, a ver si las musas le sueltan el riff bendito y Jagger se limita a balbucear “ouyeas” y “oubeibis” por si en una de estas le surge alguna frase coherente que rime con “calor”, “chica” o “poderoso miembro”… estas dejadas sesiones se prolongan todo lo que Don Dinero puede pagar, que en el caso de los Rolling Stones es mucho, por lo que realmente creen que por unir malamente dos acordes y un ripioso estribillo cada tres días están cumpliendo con su presunt(o)uoso papel de almirantes de la mar rockera. Patético, como su carrera más allá de 1975. ¿Y todo esto viene a cuento de Iggy? Pues sí, al igual que la resignación del ingenuo de Johnny Thunders cuando al afirmar que “Keith Richards es yonki y ha triunfado”, su manager le respondía que “sí, pero Kiz primero triunfó y luego se hizo yonki, no al revés como pretendes tú”. Sí, todo esto viene a cuento de Iggy, porque así me imagino a Iggy el hombre, el solitario, sin Dum Dum boys, aunque hablando de ellos hay que dejar patente que “The weirdness” es uno de las mayores decepciones que me he llevado en esto de la música, no ya porque no tenga alma sino por flojo, no se desincha porque ya no tiene aire. Todos lo sabemos: Iggy y los Asheton bross han urdido “The weirdness” por el riego de bancarrota de la hermandad Rock Action y porque El Iguano veía languidecer su papel como carne de festi, el último de sus refugios y fuente única de subsistencia. Yo lo he probado todo, he hecho lo que se supone que debía hacer, pero no creo que les descubra nada si digo que los putos Stooges son Iggy y viceversa (de esto trata el rollete que les suelto) y que en 1974 quedaron bien finiquitados para bien de su leyenda, con la posibilidad de enjugar nuestras lágrimas con el abundante filón de grabaciones lowfi que circulan de la etapa con James Williamson cortando el bacalao. Sobre nuestra impresión (impresionante) acerca de esta genuina vida y vivencias de Iggy pueden leer la entrada que en su momento escribí a propósito de “Search and destroy”, ahora toca hurgar un poco en la miseria de un producto de rock and roll, grandioso (aunque sobreactuado) en las tablas, “homiño” en disco. ¿Por dónde coger a Iggy? En casa me esperan “The idiot” y “Soldier”, el primero muestra a la Iguana imitando a un Bowie de callejón y el segundo, me temo, me confirmará que marca el comienzo de su decadencia, aunque “Knocking ‘em down” me diga lo contrario. Por mi plato y pletinas han circulado “Kill city” y “American caesar”, el primero un correcto disco de rock and roll sin más, remiendos post Stooges tamizados y eclipsados por el testimonio “Metallic KO”. El segundo ni lo grabé, es el Iggy del single molón y el relleno como polución: aquí “Louie Louie”, “Real wild child” en “Blah blah blah” o “Shaking all over” de “Avenue B”… ¡Vaya, si son todo versiones! En fin, tiramos de láser y “Lust for life” parece que salva el lote, mal que bien, al menos medio disco saca un cinco y un par de temas son de notable alto. La penúltima vez que nos la metió doblada fue con “New values”, del que tan bien se habla en círculos eruditos… y, señores, ¡qué larga la tiene el tío que ya nos hemos mamado media discografía y ni nos han hecho la paja de rigor! Total, “New values” podía superar a “Lust for life” y se queda a la par, por lo que salva la cara, aunque resultando de la unión de Williamson y Pop podía esperarse más y ni siquiera se despega mucho de “Kill city” aun siendo esto un mantel de remiendos, casi terapia emocional del politoxicómano Iggy. ¿Ahí nos quedamos? No. La antepenúltima aventura del itifálico cantante en nuestro recto, que además nos animó a recibir la penúltima y ya citada embestida, fue “Brick by brick”. Aquí sí, o casi sí, asimilando a Guns ‘n’ Roses (Slash y McKagan dándolo todo… para ellos un héroe, por supuesto) pues si algo ha aprendido Iggy es por dónde va el negocio en cada momento, para por lo menos arañar Billboard y mantener incólume su imagen rock. Aquí “Candy Candy” maravillosa subiendo enteros un conjunto que muestra a un Iggy redivivo, resucitado y con ganas de “ruocanrolear”, cogiendo esos apuntes de “Lust for life” y “New values” de los que hablábamos y pergeñando un álbum si no bueno, al menos compacto, duro. Y “Home”, rock and roll, el single cañón como lo fueron “Real wild child” y lo sería “Louie Louie” y éste sí que va firmado por él. Un Iggy con ganas, como el que vimos en el primer Santirrock, en 2000, dándolo todo (estudiadamente), con esa voz profunda e incólume al paso del tiempo. Iggy chulo, Iggy desafiante, Iggy “las he vivido todas” porque “every motherfucker really needs a home”. Años después llegaría a mis oídos la anécdota de la trasera del escenario con El Iguano a puntito de salir, dando saltitos y dos operarios del festi preparando unas lonchas (cuatro para ser exactos) y en estas que ven a Iggy y le llaman porque “nada-mola-más-que-meterse-algo-con-un-mito-del-rock” y la Iguana se acerca, coge el turuto y “ris-ras-ris-ras”, los cuatro rayotes en un segundo y ahí se quedaron los pobres, con cara de “nos hemos quedao’ sin ‘fariña’ por gilipollas”… y mientras el Iggy dándolo todo, como debe ser y siempre será. ¿Un producto? Me importa tres cojones. Home – Iggy Pop (James Osterberg; Brick by brick, 1990).

viernes 10 de octubre de 2008

Tractorada - Rastreros

Punk y gaiteirada I: no viene a cuento pero dice la leyenda que en 1991 Eskorbuto fueron a tocar a Vigo y los miembros del grupo telonero (he olvidado el nombre, ¿Desvirgueitors quizás?) quisieron colar a sus colegas y a todo el que se apuntara al concierto, con el resultado de un pitoste de cojones que obligó a cancelar el chou y con ello la única oportunidad de haber visto en directo al trío antitodo en Galicia.
Punk y gaiteirada II: los 90 fueron inquietos para la juventud galaica entre Fraga que no caía, el nacimiento del Rock Bravú, el boom universitario y el pelotazo y subidón musical que supuso el Xabarín Club.
Punk y gaiteirada III: muchos Clash mamados, “sachazos” a la guitarra Husqvarna (esto es un guiño metafórico), letras y compromisos “do mar e do agro” pues de eso se vive… y te sale un himno de combate agrario que ya quisieran muchos sindicalistas poder hacer propio.
Punk y gaiteirada IV: temazo.
Punk y gaiteirada V: Tractorada – Rastreros (Heléctrico, Killo, Muñón, Richi, O Gaitas; A piñón fixo, a golpe de pixo, 1995). nota: como pueden ver la identidad de los autores de la canción sigue siendo un enigma para nosotros.

On the roof - The Adverts

La añada del 77 británica y su sucesión de hechos merece un capítulo aparte en la vida musicóloga de cada uno. Los chavales de ahora se descargan cinco millones de canciones en un día sin darse cuenta de que no van a disfrutarlas: ni les va a dar tiempo a oirlas (ellos oyen, no escuchan, sutil detalle) todas, ni van a saber qué sentido ni significado tienen. Ya no entienden el concepto de álbum y, aunque apuestan por la canción, tampoco entienden el de single sino el de politono. Por eso me considero afortunado, por entender el concepto de “Never mind the bollocks here’s the Sex Pistols”, “London calling” o “Crossing the red sea with the Adverts” (por ponernos en materia), por saber que “Janie Jones” no se acopla en un mp3 con “Know your rights” de buenas a primeras y que “Clash” acaba en “h”. En mis tiempos, no muy lejanos tampoco, que el ritmo de crecimiento de mi barba todavía no es muy expansivo que digamos, resultaba fácil, si lo intentabas. Primero lo típico: Sex Pistols, The Clash, Damned, Buzzcocks y The Jam. Y luego te hinchabas a glutamatos e hidratos de carbono: Undertones, X-Ray Spex, Rezillos, Sham 69, Stiff Little Fingers, Generation X, The Adicts, The Boys… incluso tanteas lo bruto con Cockney Rejects, UK Subs, Cock Sparrer o 4 Skins y el ditirambo ska (Madness, Specials, The Beat merecen capítulo aparte)… y acababas aceptando que raspada la costra había también mucha inteligencia e “intelligentsia”, comandos que trascendían del “voy-a-quemar-un-coche-esta-noche”, que leían entre líneas el “No future!” y facturaban propuestas que incluso podríamos calificar de arriesgadas en tiempos tan monocordes. Así, en mi cabeza tengo montada la película de asociar siempre a Adverts, Wire y Gang of Four, tengan o no tengan nada que ver. Los primeros son los de la inmediatez, los segundos los del quiebro del molde y la transgresión sonora (que no agresión, que no hablamos de Exploited), los terceros los de la hábil lectura social. De los dos últimos hablaremos más adelante (más del gusto nuestro son Wire que Gang of Four… ¡Sí, qué pasa, modernos de mierda!), hoy toca hacerlo con The Adverts y ese “On the roof” que aun pasando meses cogiendo polvo en la estantería, siempre guarda esa esencia de precipitada adolescencia, de tiempos en los que papá no pagaba la universidad y uno no dejaba el instituto para ir a currar, sino para apuntarse al paro directamente. Musicalmente “On the roof” no deja de ser otro “one chord wonder” de esos tan propios del combo de TV Smith y Gaye Advert (¡Esos ojos neeeeegrooooos, morenaaaaaa!). No hay técnica, pero tampoco se encubre con fuerza bruta, sino que es genuina incompetencia adolescente. ¿Conocen ustedes esa portada de Black Flag con el niño que ha pintado el suelo de su habitación y queda cercado voluntariamente en una esquina? La misma sensación me transmite: te esperaré en el tejado, tú y yo, lejos de los gritos de casa y de las miradas y el desprecio de los demás. Y eso es inteligencia, ingenua, pero inteligencia. On the roof – The Adverts (Tim Smith, Gaye Black, Howard Boak, Laurie Muscat; Crossing the red sea with the Adverts, 1978).

jueves 9 de octubre de 2008

Rock and roll - Led Zeppelin

Tributando en plan machaca a Eddie Cochran, Little Richard y demás piolines rompedores, el zepelín te chulea aquí a modo de engrasada máquina de rock and roll. ¿Cómo no te van a caer simpáticos unos cafres que sueltan millones para no reconocer que su pasatiempo favorito en el estudio era el “cut and paste” de clasicotes blues? ¿Cómo no les vas a reir las mil gracias si utilizan los ascensores para maniatar a grouppies cuando no a violarlas con un pescado? ¿Cómo no darles gracias mil por este “Rock and roll” y por ello perdonarles que hayan propiciado que millones de animosos aspirantes a “guitarheroe” castiguen al vecindario con toscas interpretaciones de su “Stairway to heaven”? Sobre este último punto conviene aclarar que se les perdona en parte porque la “escalerita” de marras es superada por el puto “Smoke on the water” de Deep Purple… cinco años universitarios consiguieron que llegase a odiar ese puto tema… la única alegría es calcular cuántos quedaron frustrados tras un lustro atascados en el primer acorde. La verdad es que dentro de mis emociones musicales Led Zeppelin siempre han ocupado un discreto segundo plano. Siempre han estado ahí, pero a la sombra. Religiosamente ocupan su lugar en la estantería “II” y “IV”, grandes álbumes, pero tampoco me hacen resoplar, excepto este “Rock and roll” o “Inmigrant song”. Corría 1995 y una amiga me pasó en una cinta el “IV”, un pedazo cassette ya que la otra cara la ocupaba el directo “MCMXCIII” de la Velvet, el de la reunión. Giro va y giro viene y más de un rebobine le tocaba hasta la saciedad al “Rock and roll”. Con el lobo Bonham dándole a esa bataca a modo “¡vamos que nos vamos!”. Imagínenselo a volumen brutal (¿Barón? ¡No, Zepelín!) en un cuarto de adolescente, vamos que se me estallaba el acné de tanto “dancin’ in the dark”. Eran otros tiempos, tan cojonudos como cualquier otro, con la salvedad de que en las discotecas se pinchaba rock and roll. Sí, en Santiago, donde yo estudié, estaban (de las buenas, que de pachangada obviamente también había) el Ruta y la Factoría. La primera era más moderna, en un sentido más respetable que el de hoy en día, y la Factoría era el antro para setenteros irredentos y cubatistas de taladro. Ahí escuché un “Rock and roll” como para correrse del gusto, por su significado, porque implicaba que las patillas largas y el estrecho pantalón tenían reducto y uno a esas edades se siente a gusto con esas cosas… y otras mucho peores, que la etapa universitaria da para muchas locuras y experimentaciones. Y “Rock and roll” ahí dentro sonaba como un cañón, como lo que es, el pepinazo de “¡vamos a liarla gorda tonight churri!”. Y en esas estamos, aunque ahora ya no se estila servir rock and roll y cada uno ha de apechugar como puede. Rock and roll – Led Zeppelin (Jimmy Page, Robert Plant, John Paul Jones, John Bonham; IV, 1971).

Lo estás haciendo muy bien - Semen Up

Descubrir “Lo estás haciendo muy bien” y “La agonía del Narciso” en la discoteca de mi hermana me produjo la misma sensación que cuando encontré dos volúmenes “integrales” (así lo llaman ahora) de Robert Crumb en un rincón de la biblioteca de mi tía: atracción fatal hacia lo oculto. No por ellas, benditas sean tanto por sangre como por inquietud artística y cultural (auténticos referentes ambas), sino porque todo aquello que se aloja en rincones de estanterías y sugiere elementos prohibidos me atrae como a un tonto un lápiz. Así, se lo cuento, la colección de “La sonrisa vertical” la disfruté como un mico (igual de saltarín, igual de mandril, igual de exaltado) saqueando a escondidas estantes familiares en edades más próximas a los diez que a los 15 y, en cambio, perdió su gracia adquirida en El Corte Inglés ya mayorcito. En paralelo a lo literario, veía yo cuando ojeaba el Discoplay que Semen Up me tiraban los tejos cuando leía títulos de álbumes como “La gran corrida”, grandioso doblesentidismo para un infante, ahora demasiado vulgar (eso me pasa por leer tanto), o los de las canciones mismo. Total, que fue encontrar los dos mini lp’s citados y salir corriendo a la habitación del tocadiscos aprovechando que estaba solo en casa. En fin, “Lo estás haciendo muy bien” era una especie de medio tiempo ochentero a más no poder, pop suavetón sobreproducido con abundantes arreglos y alguna “inspiración” de la contemporánea nueva ola italiana. Eran un combo en el que las líneas de bajo y los teclados tiraban hacia el funk blanco, elegante… pero para mi gusto sin la sal de la vida. Ante la ausencia manifiesta de rock, uno podía echarse atrás o permanecer atento, cautivado por ese adorno de percusiones pseudolatinas (¿xilofón quizás?) que te hace imaginar volantes en manga de seda y pasar un buen rato. Y claro, no lo olvidemos, la letra: erotismo lindante con la pornografía chic (a veces “verga”, a veces “polla”, nunca “pollazo”), lo justito explícito para alegrar sonrisas… “y mientras yo me concentro chúpala más adentro que ya llega el momento y lo has hecho muy bien”. Lo estás haciendo muy bien – Semen Up (Alberto Comesaña, Pedro Cabanillas; Lo estás haciendo muy bien, 1985).

miércoles 8 de octubre de 2008

Don't make me try your love - Tokyo Sex Destruction

Ya han comprobado por anteriores entradas (Feebles, Hives, International Noise Conspiracy –la más reciente-, Cynics, Fuzztones…) que el garagerismo nos tira un pelín. Sobre todo nos petó a principios de siglo y también hubo hueco para el producto nacional y en este saco introdujimos la mano para sacar a los Tokyo Sex Destruction, combo practicante del militantismo musical facción Panteras Blancas. Sí, podríamos definir a nuestros protagonistas como un nervioso conjunto (entiéndase como: agitados y agitantes agitadores) adoradores del ruido blanco y el ritmo negro, garage supersónico y soul guerrillero, baile y puño en alto. Algunos dirán que el copia y pega de mitología “blackpantheriana” y “whitepantheriana” (fusilamiento del programa político de John Sinclair inclusive) y la constante referencia a un James Brown en pleno episodio epiléptico son ingredientes un tanto burdos o manidos, pero aquí un servidor responde que vale, que muy bien, pero que a escala patria ellos fueron (de) los primeros. Sí, yo también me había leído el citado manifiesto White Panther años ha, pero aquí pocos vi que lo expusieran como si les fuera la vida en ello (artísticamente hablando, la política en esto no vale) y de esta manera tan excitante, como de la nada, cuidándose muy mucho de posibles renuncios a la hora de solventar sobre las tablas tamaña carta de presentación. Y así funciona este “Don’t make me try your love”, sentimiento antes que partitura. El ideal: “rock and roll, dope and fucking in the streets”, como les dictaba su San John Sinclair bendito en tiempos de MC5. Don’t make me try your love – Tokyo Sex Destruction (R. J. Sinclair, R. R. Sinclair, S.F. Sinclair, J.M. Sinclair; Le red soul comunnite: 10 points program, 2002). nota: a la hora de citar a los autores del tema no he tenido manera de desentrañar sus identidades más allá de algún nombre de pila, por lo que me remito a su tarjeta de presentación –tributo a John Sinclair again- extraida del álbum.

Reproduction of death - The International Noise Conspiracy

Iban a pares en estos comienzos de milenio. Que si quieres garage sudoroso de fiesta reventona pues toma Hives, que si quieres garage tanto o más sudoroso pero con el aditivo de un planteamiento esteticomilitante más original lo tuyo eran los International Noise Conspiracy. A mí me tiraban los dos, no mucho, lo reconozco, porque sus posteriores aventuras las postergué en el primer caso y las obvié en el segundo. ¿Por qué, si tanto me gustaban? Pues porque en una de mis primeras descargas de esas ilegales cayó una versión en directo de “Capitalism stole my virginity” (originalísimo título para un tema, todo sea dicho) y me quedé un poquillo que ni fu ni fa, como desencantado del ruido lowfi bootlegiano. Pero ese video de “Reproduction of death” con que esa cadena de televisión alemana que ya mencioné en anteriores entradas (la Viva Tv, aclaro) captó mi atención me hizo apoquinar pasta de la buena por un álbum en el que decir que currado (en cuanto a presentación y musicalidades) es poco. “Reproduction of death” era (y es) botón de muestra de garage trilitón (de trilita, que ya no se qué poner cuando quiero explicar algo explosivo, ustedes perdonen), de baile y desencaje. Tema de arrollada interpretación, con ese feedback desbordando surco, oxigenado por unos teclados insertados con maña, con intermezzo de “ahora-vuelvo-y-te-doy-dos-yoyas-más”, coda al rojo coronada por desgañitamiento… garage del bueno, oiga. Y claro, uno empieza a sumergirse en la literatura que le acompaña, concienciada en texto y envoltorio (papel reciclado, de ahí que ustedes y yo paguemos un poco más por salvar el Amazonas, que estos suecos bien podrían quedarse respirando a bocanadas de sus bosques, que también los tienen), en la que se citan desde Durruti hasta el situacionismo. Postura de escenario muy atractiva, partiendo de la base que vivir del marxismo artístico en un país escandinavo está muy bien, que debe ser como quejarse de que ir de putas en Cuba es caro para un guiri… ¡anda no jodas! A todas todas, esto es lo que hay: interesante lectura y grafismo para pasar el rato mientras no estás resollando/resoplando tras “botar un dansin” del bueno. Reproduction of death – The International Noise Conspiracy (Dennis Lyxzen, Inge Johansson, Sara Almgren, Ludvig Dahlberg, Lars Stromberg; Survival sickness, 2000).

Art school - The Jam

Nueva entrada: En un hipotético caso de que nuestra presencia fuese requerida allí donde se produjeron los hechos, nada quita que podamos manipular la ensoñación y ofrecer un instante perdurable de, por ejemplo, tres minutos. Sólo pedimos eso, que nuestra imaginación traiga el resto. Y en eso que en esas estamos, estando en gerundio porque las vemos pasar ante nuestras narices: las circunstancias. El chico de la Rickenbacker dice por el micro, “ahora una de los Sex Pistols”. Las mil gentes reunidas allí ven claramente ese destello de ironía en su gesto, casi un neón, que se confirma cuando el grupo acomete una entrada que, bajo mediante, remite al “Holidays in the sun”. Pero los allí presentes sabemos que “In the city” se vale por sí sola, siempre que no se demuestre lo contrario y no haya que sacar los trapos sucios y certificar verdades como puños: la del trío de traje, corbata y flequillín es anterior, sintiéndolo mucho por Steve Jones y Paul Cook, majetes ambos. Y lo que nadie espera es ese cambio al minuto, abrupto corte para “uan-tu-zri-for!” y a la carga con una espitosa “Art school”, espídica no por el momento, sino porque ella misma y su circunstancia la han parido así: puede que no la más guapa, pero sí la más bruta, la amiga de los niños. La energía se transmite y demás principios físicos asociados. Lo que no es perdonable es ese calcetín blanco… ¿Paul Weller de mis entretelas qué hace un dandy como tú luciendo escayola de hijo de puta?
Apunte biográfico a todo lo anteriormente escrito: De primera escucha data de 1992-1994, fechas en las que estábamos inmersos en indagar en la mugre, la costra y el repelús del punk británico. Cuando uno se pone, se pone a cien, es lo mínimo exigido. El paquete formativo acelerado de cresta (sin cresta, ninguno la lucía por mucho que se empeñen en venderlo así las modas) incluye obligada escucha de santísimas trinidades del orden Sex Pistols, Clash y nuestros protagonistas. Los Jam, The Jam, o la enrabietada visión del estilo mod, acelerado rythm and blues hábilmente camuflado de angustia teenager tan vendible en 1977. Llámalo punk, mod punk, punk rock o, simplemente, rock and roll… se ponen tantas etiquetas hoy en día, en fin. Para mí era y es lo primero, con el matiz de las raíces, de posicionarse firmes contra ese precipitado lema de “no Elvis, Beatles o Rolling Stones” que los propios Clash, aforistas del invento, reconocerían fruto del ansia juvenil del momento por romper con todo. Seguro que los más integristas no aciertan a comprender aún cómo artefactos de la cosecha del 77 (incluyo en el saco los álbumes “In the city” y “This is the modern world”, en éste último se incluye mi actual favorita de los Jam, “I need you”, que lo sepan, aunque se que les importa un huevo y la yema del otro) se sirven de Larry Williams o Wilson Pickett para conformar un cancionero. Esos mismos son los que a golpe de 30 años vista, no entienden que Weller (y otras bandas menores) lo hacían con gusto, con elegancia, sin que el sonido sufriera tara alguna. Y los discos salían igualmente homogéneos, sin perder un ápice de esa huracanada energía que transmiten piñas como “Art school”: urgencia casi atropellada, fórmula de power trío eléctrico, con prisas y aires de adolescente inquieto. “Art school” es personalidad, contrariedad de chavalín sin horizonte claro que corre aunque sea para llegar el primero al barranco. Luego Weller y sus dos colegas darían puerta al invento, reposarían y se abrirían sin tapujos a sus adoradas maneras mod, a currarse cancioneros con horas de estudio, al rock, al blues, al soul, a los Who y a los Kinks… y siguieron bombásticos. Y digo esto después de comprender que el momento y el lugar son importantes, que “In the city” es el disco de los Jam para 1977, como “All mod cons” lo es para 1978 y “The gift” para 1982. No por moda, sino porque su cabeza lo pide y en su cabeza suenan melodías como calendarios. Y yo les digo, por añadido, que tranquilos, que “Art school” siempre será “Art school”, simple, casi vulgar, tremenda de su momento. Artschool - The Jam (Paul Weller; In the city, 1977).

martes 7 de octubre de 2008

Oral sex - Undershakers

El vaginista de la general. Reminiscencia sixtie en tiempos de indiepopurrís, sinsentido ruidista y vacío depresivo orquestado. Ahí brillaban. ¡A sumergirse toca en la sonrisa vertical! Oral sex - Undershakers (Mar Álvarez, Alicia Álvarez, Sandra Tocino; Vudú, 1997).

miércoles 1 de octubre de 2008

House of the rising sun - The Animals

Reportero Feinstein): “¿Comenzamos?”.
Humboldt Funicular): “Bueno… antes de nada quisiera aclarar que yo a día de hoy soy más de ‘Good times’ que de nuestra protagonista”.
Reportero Feinstein): “¿‘Good times’?”.
Humboldt Funicular): “Sí, es una preciosidad tabernera sobre la mala dicha y la desdicha y el desfase de barra y lumis hasta las tantas”.
Reportero Feinstein): “¿También de los Animals?”.
Humboldt Funicular): “¡Claro! Hablamos de ellos, ¿no? Aunque ahora que lo dices fue singuelín del ‘Winds of change’, de 1967, de cuando Eric Burdon disolvió la formación original y se pilló a cuatro colegas como escuderos”.
Reportero Feinstein): “Entonces supongo que debemos viajar atrás unos años, a cuando había ‘House of the rising sun’ pero no ‘Good times’, ¿no cree?”.
Humboldt Funicular): “Pues ese supuesto no lo veo fácil: la fascinación estaba, eso sí, la búsqueda también, pero creo poder afirmar que cayó antes ‘Winds of change’ que nuestro lupanar favorito de las afueras de Nueva Orleans. Sin embargo, si nos limitamos a la fascinación, esta era muy fuerte, quizás obsesión…”.
Reportero Feinstein): “A ver, explíquese”.
Humboldt Funicular): “¿Se acuerda usted de esos anuncios en plan Teletienda que en vez de Turmix anunciaban fantabulosos recopilatorios de todas las décadas habidas y por haber en la breve pero intensa vida del pop? ¿Se acuerda usted de esas madrugadas interminables protagonizadas por ‘famosísimos’ locutores o críticos de origen británico o alemán que se explayaban de lo lindo sobre las virtudes de aquellos años y, por extensión, de la caja de cinco cedeles que tenían entre manos? ¿Se acuerda usted de esos requetecortes de un minuto en el que a razón de cinco segundos por banda cada uno de los recopilados exponía sus virtudes? ¿Se acuerda usted?”.
Reportero Feinstein): “¡Síii! ¡Era increíble! Creo incluso que había legión de fans… esos anuncios eran de finales de los 90 o algo así”.
Humboldt Funicular): “Dejémoslo en ‘a lo largo de los 90’. La cuestión es que yo me quedé con la copla de dos tonadillas, el ‘Happy together’ de los Turtles…”.
Reportero Feinstein): “¡Magistral!”.
Humboldt Funicular): “…sí … y ese ‘House of the rising sun’ con el Eric Burdon mirando a cámara enfundado en traje marrón claro, al igual que sus compis, uno de los cuales pulsa una a una las cuerdas de guitarra que dan forma a una entrada que se te clava a modo de taladro armónico…”.
Reportero Feinstein): “Y esa voz…”.
Humboldt Funicular): “Esa voz de mina profunda, que te dice que Antonio Molina no bajó al pozo, sino que el grisú te da un tono más… ¿negro, quizá?”.
Reportero Feinstein): “¿No se confunde usted con Tom Jones, minero mulato galés?”.
Humboldt Funicular): “¡No hombre, es una metáfora! ¡La profundidad de pozo de carbón que es la garganta de Burdon! ¿Lo pillas?”.
Reportero Feinstein): “Sí, perdone”.
Humboldt Funicular): “Pues ahora viene lo bueno… ni Turtles, ni Animals, ni hostias benditas. ¿‘House of the rising sun’? ¡Pues pregúntele a Joan Baez!”.
Reportero Feinstein): “¿Cómo?”.
Humboldt Funicular): “Lo que oye. Tardé más de un lustro en soldar visual con audio… en hacerme con la de los Animals, no se si me explico. No se si porque no sabía dónde buscar o por cierta resistencia a gastar dineros en géneros aún vírgenes para mi adolescente aún condición de humano y musicólogo, pues aposté por lo fácil, lo gratis y lo casual”.
Reportero Feinstein): “Y aquí entra Joan Baez”.
Humboldt Funicular): “Sí, mi tía, amante de la música clásica, de las ediciones como soles de la Deutsche Gramophone y demás violinadas, tuvo un pasado moderno, un afortunado ínterin sesentero y setentero en forma de vinilazos originales de Simon & Garfunkel, Janis Joplin y nuestra, por ahora, protagonista, Joan Baez, conocida por ser la gran-dama-del-folk-traicionada-por-Dylan”.
Reportero Feinstein): “Algo así he oído, sí”.
Humboldt Funicular): “Pues bien, una tarde en su casa cogí uno de esos díscos, el debut de Baez, de 1960, acustiquísimo en íntima expresión: guitarrica y voz. Y la contra de la carpeta anunciaba un corte entre surcos como ‘Casa del sol naciente (House of the rising sun)’… ¿recuerda usted que antiguamente las discográficas editaban los discos foráneos traduciendo los títulos de las canciones?”.
Reportero Feinstein): “¡Es verdad! ¡Tengo el ‘Give ‘em enough rope’ de los Clash con las canciones españolizadas!”.
Humboldt Funicular): “Y caramelizadas. Sí, conozco esa edición: ‘Guerra civil inglesa’, ‘Julia en la brigada de narcóticos’ y demás… A lo que íbamos, que al ver eso mi cara era un gozo, imagíneme pensando deslumbrado ‘¡por fin la puñetera canción!’. Bajé al Todo a Cien de la esquina a comprar una cinta, subí apenas tres minutos después, cogí el vinilillo, lo puse en el plato, sorteó la aguja imprudentes rayazos e inclemencias climáticas y comenzaron esos acordes y esa susurrada versión de una casita de Nueva Orleans cuya función según quien la cante cambia de bar a prostíbulo e ídem según el protagonista: meretriz o alcohólico jugador, cosas del machismo supongo”.
Reportero Feinstein): “¿Y qué pasó?”.
Humboldt Funicular): “¿Que qué pasó? Nada, la escuché unas cuantas veces hasta que me perdió la gracia… básicamente es que la versión de los Animals es superior”.
Reportero Feinstein): “¿Y cuándo la consiguió?”.
Humboldt Funicular): “Fue en 2002, con mi primera conexión a Internet… esta canción fue uno de mis primeros mp3 ‘daunloadeados’, descargados perdón”.
Reportero Feinstein): “Y flipó, supongo, después de tantos años…”.
Humboldt Funicular): “Verá, canciones hay muchas, pero la piel de gallina que se te queda sólo con los primeros acordes de entrada de esta versión pocas más lo logran… lo cual denota que a veces lo viejo es más sabroso por curado que por grasiento”.
Reportero Feinstein): “¿Perdón?”.
Humboldt Funicular): “Nada. En el fondo quiero decir que el chispazo eléctrico a una canción tradicional folk alcanza aquí un calambre remarcable al que pocos experimentos folkrock de Byrds o del mismísimo Dylan pueden igualar”.
Reportero Feinstein): “Eso que dice es muy serio”.
Humboldt Funicular): “Es la pasión, que me vela los ojos”.
Reportero Feinstein): “Los oídos”.
Humboldt Funicular): “Eso… por cierto, ¿sabe usted lo que es un arpegio?”.
Reportero Feinstein): “Pues… así de oídas…”.
Humboldt Funicular): “Precisamente, de oídas, ¿podría identificarlo?”.
Reportero Feinstein): “Creo que no”.
Humboldt Funicular): “Yo tampoco. Y es una putada porque cuando te ves limitado por el lenguaje a la hora de describir con palabras el sonido, necesitas de fundamentos…”.
Reportero Feinstein): “De conocimiento…”.
Humboldt Funicular): “¡Eso!”.
Reportero Feinstein): “Y bien, ¿qué es un arpegio?”.
Humboldt Funicular): “Pues resulta que el arreglo de guitarra de la entrada de ‘House of the rising sun’, la de los Animals, es un arpegio”.
Reportero Feinstein): “Inmortal”.
Humboldt Funicular): “Como la vida misma”.
Reportero Feinstein): “Maravilla…”.
Humboldt Funicular): “…de maravillas”.
Reportero Feinstein): “Me lo quitado de la boca”.
Humboldt Funicular): “Pues le dejo a usted una prueba: hay una canción de Television en que un arpegio la convierte en dorado presente, ¿sabe cuál?”.
Reportero Feinstein): “Ni idea”.
Humboldt Funicular): “Pues averigüelo, hágame ese favor”.
Reportero Feinstein): “Lo intentaré. En fin, muchas gracias.”.
Humboldt Funicular): “De nada, cuando quiera… ‘House of the rising sun’, ¡vaya temazo!”.
Reportero Feinstein): “Y que lo diga. Hasta otra”.
Humboldt Funicular): “¡Chao, pescao!”.
Inserto pregrabado: House of the rising sun – The Animals (Tradicional; The Animals, 1964).

Penetración IX

He llegado a la conclusión de que cuando una ciudad lamenta las oportunidades perdidas haciendo referencia constante a sus vecinas sólo la mueve la envidia (cochina). Si cogemos este resto y ponemos el cerote a la cifra resultante de aplicar la millonésima decimal al número de artículos sobre lo esplendorosa que era aquella frustrada escena local, el resultado se traduce en letras de neón: C-A-R-E-N-C-I-A E-M-O-C-I-O-N-A-L. Y esos singuelitos de vinilo arañado que eran el ladrillo base y cimiento de la explosión colorista de nuestra metrópolis protagonista se mitifican tanto que sus intérpretes acaban tan inflados como las bolsas de patatas fritas: ya saben, llenas a partes iguales de transparentes tubérculos fritos y aire. Abres el saco y ¡pum! ahí te quedas, no había nada. No señalo a nadie, pero tanto hiperbolizar cosas que luego no dicen nada que no se haya dicho con mayor propiedad a media península de distancia equivale a una maravillosa travesía en el desierto. Ya ven, estos días me dio por rebuscar qué de rock había en la cosmopolita ciudad que me acoge desde hace unos meses tras mi emigración voluntaria de provincias y me quedé con la cara a cuadros: a) mil anécdotas graciosas, pero ninguna épica. b) mil peleas entre tribus, pero sin novedad en el frente del este. Y ya lo último es comprobar que el buenrrollismo de las fiestas populares equivale a auténtico martirio para los fieles de la música: ir a ver a tu grupo favorito y acabar asqueado tras aguantar dos horas de subnormalidad humana haciendo de las suyas a tu alrededor… mientras que tu grupo favorito lo está bordando en el escenario y tú no puedes ni disfrutarlo porque estás velando por tu seguridad y la de tus afines. ¿Voy mayor? ¿Ya no comulgo con nuestra alegre juventud? Quién sabe, al menos tengo profusas lecturas en mi mesita de noche con espectaculares portadas bañadas en purpurina que manchan mis sábanas cada vez que reanudo con alevosía y nocturnidad la interacción enciclopédica. Yo no cierro, ni por cansancio.